¿Y ustedes, cómo están?

Entrevista a: Alejandro de Barbieri

Cuántas veces nos cuesta descubrir que poner nuestra pareja en primer lugar es la mejor manera de amar a los hijos. El psicólogo uruguayo nos enseña a poner en blanco y negro esta realidad.

MARÍA CORNÚ | ABOGADA ESPECIALISTA EN FAMILIA | MCORNU@ESTUDIO-CORNULABAT.COM.AR

“No los dejo hablar sobre los hijos hasta que me convencen de que ellos, la pareja, están bien”: así empezó nuestra conversación con el psicólogo uruguayo Alejandro de Barbieri. En general, tenemos una gran facilidad para hablar de los chicos porque nos cuesta hablar de lo que nos pasa a nosotros, los adultos. Al mismo tiempo, como los hijos son espejos, seguramente lo que les pasa a ellos proviene de aquello que nosotros hemos llevado a casa. Concretamente, destaca de Barbieri que la felicidad la tenemos que encontrar cada uno y, recién entonces, podremos contagiarla a los demás. “Los chicos beberán de esa misma felicidad y encontrarán en casa el sentido para su vida”.

No podemos engañar 

Además de ser espejo, los chicos tienen una capacidad extraordinaria para descubrir que nuestro accionar es reflejo del alma. Somos seres integrados y no nos podemos disociar. Más tarde o más temprano, el cuerpo
manifiesta lo que hay en nuestra alma. Para una reunión social o de trabajo nos podemos maquillar, adornar, dibujar una sonrisa, pero frente a nuestros hijos y a nuestro cónyuge, no será fácil. La familia ve en la intimidad de sus miembros, y eso es lo que hace que este núcleo sea imprescindible para crecer, y sobre todo para ser. Nuestros hijos nos miran, nos perciben, sufren con nosotros, se alegran con nosotros. Entre lo posible y lo imposible La directora de un jardín de infantes, cuando los padres acuden a una entrevista por algún problema del hijo, supuestamente antes de entrar en tema, pregunta: “Y ustedes, ¿cómo están?” Porque considera que generalmente los hijos “padecen” las relaciones entre sus padres. Se ve en sus caritas la felicidad o la tristeza que traen de sus casas. Es imposible como padres transmitir esa tranquilidad que da la paz si no estamos en paz en nuestro matrimonio. Es imposible como individuo ser feliz si en el matrimonio no hay plenitud. No podemos disociarnos como pareja, formamos una unidad que realiza nuestra vocación de amar y ser amados.
Es imposible ser feliz si no se es feliz al lado del ser amado, amándolo y dejándose amar. La falta de plenitud se va a traducir en nuestro ser y hacer personal, y serán nuestros hijos los que lo reciban, lo “chupen”, en palabras del entrevistado. La felicidad posible no es sinónimo de ausencia de dificultades. La vida matrimonial y familiar está llena de momentos duros y de dolores pero la fuerza para enfrentar esos desafíos está justamente en la unión con el cónyuge. Esa seguridad de que estamos bien, esa necesidad de realizarnos en el amor mutuo hará que la felicidad no se corra de nuestra familia. Y contribuye a que nuestros hijos se fortalezcan con la seguridad y el cobijo de ese abrazo amoroso de dos.

Nos miran todo el tiempo. Nos buscan, buscan en nuestros ojos la aprobación, la confianza, la seguridad de que algo está bien, que deben dar el siguiente paso.

Por amor a los hijos
Alimentar el matrimonio es hablar, escuchar, expresarse, acariciar, llorar con el otro, mirarse en silencio, reírse con fuerza, divertirse juntos, compartir anécdotas, unir al final el día de cada uno… Cuando descubrimos lo importante que es alimentar el matrimonio, no postergar el encuentro, experimentamos que ese tiempo “nuestro” es también de los hijos. Es un regalo para ellos. Lo van a agradecer, lo van a pedir, lo van a necesitar. Es, también, la mejor manera de ponerlos en el primer lugar.

UN NUEVO HOGAR

Esta es la situación. Por motivos de trabajo una familia se traslada a vivir al exterior. El mayor de los hijos tiene dos años, el otro, un mes. Había que hacerse cargo de muchas emociones: la distancia, el postparto, la angustia, la soledad, el cansancio, la adaptación a un lugar nuevo y a un nuevo trabajo. Ya habían pasado dos meses pero el de dos años estaba caído, desganado para comer. Como era natural los padres hacían su propio diagnóstico: “Por supuesto, extraña Buenos Aires, los abuelos, nuestra casa…” Una tarde, ella estaba tranquila en su nuevo hogar con sus bebes alrededor y puso música alegre y arrancó a bailar. Cuando el hijo vio la escena, se le iluminó la cara y también bailó, saltó, rio… Fue un momento revelador, pedagógico. Desde entonces, ella misma supo verse en el espejo de su hijo. Sin palabras, su chiquito le explicó que si ella estaba bien, él también lo estaría. No era Buenos Aires, no eran los abuelos, eran mamá y papá los que lo tenían apocado. Ese mismo día se terminó el duelo. Ella sacó energía de la misma convicción de que en sus manos estaba la felicidad de sus hijos y encaró la nueva vida. Se adueñó de su lugar, de su espacio, de ese tiempo tan lindo que le tocaba vivir, de su hogar.

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La familia ve en la intimidad de sus miembros, y eso es lo que hace que este núcleo sea imprescindible para crecer y, sobre todo, para ser.

¿Qué es ser feliz de a dos? “La felicidad no es una posada en el camino, sino una forma de caminar por la vida”, nos dice Viktor Frankl. Y la vocación del matrimonio, nos invita a caminar por la vida de la mano, a realizarnos y a ser felices de a dos. Y este llamado es el que trae a los hijos. Los hijos llegan porque nos amamos, porque somos matrimonio. Si tenemos presente que el matrimonio es anterior y necesario para que lleguen los hijos, entenderemos que la felicidad en el matrimonio será esencial y necesaria para la felicidad de nuestros hijos.

PAPÁ Y MAMÁ SE VAN DE VIAJE

Esta vez, papá no viaja solo, lo acompaña mamá. Ante la sorpresa de ambos, la hija de 11 años les dijo: “¡Qué bueno! Me encanta que se vayan los dos”. Los padres, extrañados, le preguntaron cómo podía ser, si no los iba a extrañar. “Sí, obvio que los vamos a extrañar un poco. Pero, cuando mamá se queda, está estresada porque está sola con todos nosotros, extraña a papá, y está agobiada. Papá está muy cansado y extraña como loco porque está solito, lejos de casa. Entonces, cuando vuelve papá, cada uno se encuentra con el otro y le cuenta lo agotado que estuvo. En cambio, si se van juntos, mamá lo acompaña a papá, lo mima, y cuando vuelven están los dos felices, porque nos extrañaron y tienen muchas ganas de vernos. De paso, nos quedamos con los abuelos, que para que no extrañemos, nos van a mimar un montón.”

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ENTREVISTARON
Mariuqui Magrane y Clara Naón.

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