VIVIMOS A ALTAS VELOCIDADES

 

¿Cómo regular las velocidades para encausar los carriles de encuentro y cuidar nuestros vínculos más cercanos?

 

Lic. María Catarineu | Psicopedagoga especializada en bebes y niños en primera infancia Coordinadora de RAYUELA tiempo de juego | @rayuelatiempodejuego

 

S uena la sirena del despertador. Como en un cuartel de bomberos, saltamos de la cama y da comienzo la carrera. Hay luces que se encienden, gruñidos matutinos, búsquedas de zapatos, medias y aquel cuaderno de comunicados que creíamos haber apoyado en  algún sitio. Levantamos con una mano las viandas del almuerzo y con la otra colaboramos con la puesta de abrigos de los chicos. El desayuno sobre ruedas, el trabajo, las agendas repletas, pooles  escolares, pooles extra- escolares y la mirada hacia el horizonte lejano con el deseo de una pausa o de la llegada del cierre del día para lograr la meta.

Descarrilados

En alta velocidad vemos pasar los sucesos del correr de lo cotidiano como flashes, como luces descoloridas que se prenden y se apagan. El nivel de registro baja, la tensión aumenta y el estado de alerta constante se traduce en el cuerpo con la vivencia del estrés.

Los días siguen contando con 24 horas pero la sensación es otra. A nuestros espacios reales se les suman o se les restan los enredes virtuales. Las responsabilidades válidas e ineludibles de todos los días y nuestra cultura de lo inmediato nos descarrilan y esta vorágine también llega hasta los más pequeños.

¿Cómo regular las velocidades para encausar los carriles de encuentro y cuidar nuestros vínculos más cercanos?

 

Los carriles de la infancia

Sabemos que, si en un acto tan sencillo como “a guardar – a guardar cada cosa en su lugar”, la actitud es de apuro y aceleramos la canción, seguramente ese hecho de guardar que cierra, ordena y deja  huella,  perdería su valor. En la infancia es de suma importancia poner de relieve la secuencia, ya que es sobre los carriles más lentos donde se asienta y construye todo aprendizaje. Es en la espera, en la demora, en la pausa, donde aparece el sentido a una cosa, donde se activa la reflexión y el  pensamiento. El aumento de velocidades y el exceso de estímulos interfieren abruptamente sobre los ritmos de la infancia. Queda tironeada la posibilidad de activar los propios deseos, el despliegue de los tiempos personales y el decante “al tranquito” de las cosas que pasan.

 

El gran atajo

Sobre el andar de los carriles de todos los días, van apareciendo distintos carteles que nos dan indicaciones. Muchos de ellos son conocidos, como “Gire a la derecha”, “Prohibido estacionar” o el inesperado “Contramano”. Pero, ¿cuál es el cartel de ATAJO que nos ofrece el cobijo del encuentro con el otro, los momentos de sostén, el calor de la mirada?

Al parecer ese cartel indicador no lo encontramos de un modo inmediato, sino que se construye con otros de un modo artesanal. Cuando entramos en puntas de pie buscando a nuestros hijos al llegar a casa, gritando “¡pica!” al verlos por detrás de la puerta. O cuando nos ponemos el sombrero de brujos lanzando un hechizo para iniciar el momento del baño. O al volver a recordar las travesuras de “nuestra infancia hecha cuento”, en el cierre del día. Al “poner a jugar” las rutinas más cotidianas, ellas se colman de un significado y se transforman en nuestros propios rituales de encuentro.

Es el JUGAR el gran ATAJO para el encuentro, donde se encausan los carriles y entramos en relación amorosa con nuestros hijos. En esos espacios de juego todos crecemos ya que, al mismo tiempo, se expanden las funciones del desarrollo y, en ese recorrido de encuentros cotidianos, engordan nuestros vínculos.

 

Estar disponibles

Somos los adultos los custodios de estos tiempos de juego. De correr los objetos, las pantallas y poder agacharnos al piso para estar a la altura de nuestros hijos. De dar permiso al aburrimiento para  que  aparezcan la imaginación y la creatividad. De habilitarnos para habilitar a nuestros hijos y brindar calidad de tiempo, donde aparecen los silencios, las miradas y la calurosa escucha.

Es la posibilidad de estar disponibles lo que nos permite que cualquier objeto se transforme en juguete y que cualquier momento nos descubra en un guiño de ojo o en el envión de un abrazo.

 

La meta

En los carriles de la vida, el tiempo es un gran tesoro que tenemos en nuestras manos. Podemos juntos construir ATAJOS y ofrecer-nos, para que nuestra meta termine siendo el corazón del otro

 

ver video  https://youtu.be/WSflV45uI64

 

 

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