Vida con amigos

 

Necesitamos contar nuestras historias, qué nos pasa, en las penas y en las alegrías, “contamos” con amigos

 

Carlos Álvarez Teijeiro* Dr. en Comunicación Pública

 

 

L a escritora danesa Isak Dinesen, seudónimo literario de la baronesa Karen Blixen, autora de Memorias de África (1937), confesó alguna vez que “todas las penas pueden soportarse si somos capaces de contar una historia acerca de ellas”. En efecto, las personas poseemos tal naturaleza que necesitamos contarnos de continuo la historia que somos para tenerla propiamente, que viene a ser algo así como tener-nos.

Y esa historia es, a veces, también la historia de nuestras penas, de lo que el alma nos duele. Todos somos narradores de cuentos, el primero, el propio, que es el que más cuenta y el que más en cuenta nos tiene. Contar cuentos es así la forma primordial de apropiarse del mundo y del yo, la forma primordial de hacerse cargo de ellos.

Por medio de las historias el universo se nos da “a-la-mano” y “a-la-vista”, por citar, aunque en otro contexto, las poéticas expresiones de Heidegger. Necesitamos explicar-nos la realidad para que nos resulte significativa, precisamos trazar mapas que nos orienten, cartografiar el presente y el pasado y avizorar el porvenir.

Según el psiquiatra y neurólogo vienés Viktor Frankl a las personas nos mueve la “voluntad de sentido”, mucho más que la voluntad de poder de Nietzsche o el principio del placer de Freud. Deseamos que todo cuanto (nos) acontece tenga un sentido y precisamente por eso lo relatamos todo, empezando por la propia vida, para que ese sentido comparezca.

En el sentido más genuino de la palabra latina inventio, se trata de inventar ese sentido, de inaugurarlo, pues in-augurar es convocar a los augures, los que vaticinan el nombre más cierto que somos, el que podemos contar acerca de nosotros mismos. Así, ser artífice de la propia historia, el profundo misterio de la libertad, es al mismo tiempo y solidariamente ser artífices de su relato.

 

Precisamos trazar mapas
que nos orienten,
cartografiar el presente y el pasado
y avizorar el porvenir

 

Contando nos contamos, dando cuenta nos damos cuenta del quién que somos y narrando las penas encontramos no pocas veces el maravilloso beneficio del consuelo, que es ya una forma de comprensión movida por la ternura y la esperanza. Ternura porque es así, tiernamente, como otros acogen la historia de nuestros dolores. Esperanza en que ese consuelo sea quizás definitivo.

Todo esto acontece de manera muy especial con los amigos, en tanto que la amistad es el amor más des-interesado que existe. El poeta Miguel Hernández, en la Elegía dedicada a su difunto amigo Ramón Sijé, decía de él “con quien tanto he querido”. No solo ni primeramente a quien tanto he querido sino, más bien, con quien he querido las mismas cosas.

Así es la amistad, un amor que tenemos con otros. No es extraño, por lo tanto, que precisamente ahí se manifieste el consuelo a nuestras penas más íntimas, que tenga lugar, en el doble sentido de la expresión “tener lugar”: que acontezca y que tenga espacio. En el espacio de los amores compartidos compartimos también nuestras historias de la manera más natural, más desprevenida, seguros de que de ese compartir no puede seguirse daño alguno.

Dice Aristóteles en la Ética a Nicómaco que un hombre en soledad puede razonablemente esperar ser virtuoso pero que, si en verdad a lo que aspira es a la felicidad, y no solo a la vida virtuosa, debe contar con amigos. Con los amigos las historias de nuestras vidas dejan de ser historias solitarias, oasis en medio del desierto o islas en el medio del mar, para entregarse a la alquimia feliz de la comprensión y el consuelo.

 

Carlos Álvarez Teijeiro

 

*Dr. en Comunicación Pública.

Profesor de Ética de la comunicación, Escuela de Posgrados en Comunicación, Universidad Austral.

 

 

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