Szlajen, nuevo reconocimiento

Fernando Szlajen, rabino responsable del área de cultura de la AMIA, es colaborador habitual en Sembrar Valores. Su investigación académica lo posiciona siempre del lado de la vida y la familia. Esta vez su tema se refiere a la «cultura del diálogo»

 

L a Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires distingue al Dr. Fishel Fernando Szlajen como personalidad destacada en el ámbito de la cultura por su actividad como Rabino y por su trabajo desde el área de cultura de la AMIA, por sus cinco libros publicados. «Tiene el bagaje más que suficiente para esta distinción y además se dedica a las investigaciones en bioética, área especialmente  interesante y novedosa», agrega la diputada porteña, Maria Luisa Gonzáles Estevarena, quien entrega el diploma correspondiente.

El acto tiene lugar en la sede de posgrados de la Universidad de la Matanza así es que ellos se suman al elogio de quien recibe este homenaje y después toma la palabra el Presidente de la AMIA, Rabino Eliahu Hamara.

Enseguida, llegó el turno de disfrutar de la sabiduría y capacidad de comunicación del Dr. Szlajen.

 

El rostro humano

El rostro humano, nos dice, no es solo piel y músculos, no se agota ahí, recibe el significado porque supone un sujeto. A la vez, la interculturalidad es una categoría moral de «iure» mientras la multiculturalidad es una cultura de «facto», impuesta. Al ser un ensamble de órganos, el rostro es vulnerable: de la viuda, del huérfano, del inmigrante de ahí que  interculturalidad es una exigencia ética entre etnias, religiones y morales distintas. Tomo la figura del rostro -continua- porque incluye la desnudez, está siempre expuesto a los demás, siempre amenazado, siempre puede ser afectado por los otros, es vulnerable, tiene una pobreza esencial.

Ahora esta interculturalidad justifica el debate socio político si coloca la ética antes que la ontología es decir el deber en relación con el otro y no el ser como primer sentido y origen de toda significación. Toda reflexión centrada en el ser hace a un lado la situación con el otro, con el prójimo y como consecuencia se forma una sociedad concentrada en sí misma, en el egocentrismo cartesiano, surge el nacionalismo, el individualismo, la mismidad, el ensimismamiento sin un talante ético. En esta perspectiva, la disposición al otro con su sola presencia no incluye simpatía. contraría incluso mi ser, siempre permaneciendo en la mismidad.

 

» Toda reflexión centrada en el ser hace
a un lado la situación con el otro,
con el prójimo y, como consecuencia,
se forma una sociedad concentrada en sí misma»

 

Meir, Eitan, Sofía, Nicolás Szlajen y Karina,  su mamá.

La cultura -agrega- es aquello fuera de la naturaleza, del ser que es visual, selectivo, direccionable tiene párpados. Mientras, la cultura fundada en el «heme aquí» de Abraham es audible, y el oído no tiene párpados, se oye siempre. Independiente de la voluntad, es tan vulnerable como el rostro y por ende no puede deslindarse de la responsabilidad. Está «condenada» a la responsabilidad aunque puede decidir ser indiferente. Por eso la interculturalidad se presenta al margen de cualquier razón, ideología o interés, es un espacio libre en el que las relaciones no son de «facto» sino de iure, éticas, resultan de un otorgamiento de sentido a esa misma relación intercultural más allá del sentido particular de cada una de las parte que la conforman y así las relaciones generan una nueva lógica una nueva razón.

Las partes conforman una biografía, una etnia, una religión no son identidades líquidas constituidas por sentimientos fluctuantes, institucionales, onomásticas o consumistas de algún servicio social. Si las partes son biográficas no amenazan al yo ni al colectivo o varios colectivos conviviendo.

 

«Las partes conforman una biografía,
una etnia, una religión
no son identidades líquidas
constituidas por sentimientos
fluctuantes, institucionales,
onomásticas o consumistas
de algún servicio social»

 

El rostro del inmigrante es el emblema del fenómeno de la interculturalidad y  esto se  la clave para comprender por qué la interrelación genera conflictos de distintas índoles, éticos, morales, religiosos, políticos, económicos, etc. De la misma manera que la subjetividad solo puede entenderse a partir del otro, la interculturalidad solo puede entenderse como encuentro con el otro con un otro sin agotarlo ni reducirlo a mi propiedad.

 

Entre la asimetría y la autonomía

La asimetría que da la alteridad cultural con la simetría que da la responsabilidad como ser humano es lo que constituye la exigencia ética de la interculturalidad hoy y en este momento. La asimetría cultural es la no prescindencia de ninguno de los dos para nuestras conformaciones mientras que la responsabilidad  es la no indiferencia como matriz ética.

Este es el aspecto humano que evita  la clausura de todo diálogo, sin dogmatismos ni totalitarismos, sino que habilita un espacio limpio de dialogo entre las culturas manteniendo las identidades sin homogeneizarlas. Se deja atrás el concepto de autonomía del ser que con lleva una autoridad despótica, que ensancha cada vez más lo propio pero a costa de achicar al otro. Cualquier discurso intercultural que se asiente en cultura moralmente autosuficiente está condenado a ser violento negador de lo distinto y excluyente de la diferencia.

 

Cultura o ¿ideología?

Es necesario pasar por los otros para «decirse». Pero esta interrelación solo puede existir cuando se habla de culturas y no de ideologías, cuando se trata de construcciones donde se entraman saberes, valores, principios y normas todo aquello que definen a un colectivo social determinado y no en estructura carentes de todo lo anterior cuyo objetivo es dominar por medio de fraseología provocativa buscando construir identidades y llevando al individuo a una situación desheredada culturalmente cuya demanda busca -en la mayoría de los casos- exclusivamente la satisfacción de sus deseos.

Solo quienes sean fieles a su propia cultura respetando la ajena podrán discernirlas sin mezclarlas encarando el desafío del diálogo intercultural como espacio ético de construcción superadora.

Así concluye este acto en que acompañan tantas personalidades destacadas así como su madre, su mujer, sus hijos y tantos familiares, amigos y seres queridos.

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