RISAS COMPARTIDAS

La nostalgia, las diferencias, la comprensión se mezclan en nuestros sentimientos. Reflexionamos  con León Gieco como música de fondo. ¿Te animás?

 

Felipe Yofre | Escribano | Instructor en talleres de Protege tu Corazón | felipe@escyofre.com.ar

 

H oy escuché una canción en la cual, con un dejo de melancolía, León Gieco dice: “Hace tiempo no río como hace tiempo, y eso que yo reía como un jilguero. Hoy que quiero reírme apenas si puedo, ya no tengo la risa como un jilguero… estoy sobreviviendo”.

Me dejó pensando que un gran riesgo que corren los matrimonios puede ser “empezar a sobrevivir” y no “vivir saboreando la vida”. Hablamos de riesgos que quizás pasen lejos de ser grandes cataclismos, o peleas irreconciliables. Ni siquiera puntos de vista muy distintos respecto de algún tema o ni hablar de problemas peores (fuertes celos, infidelidades, o lo
que fuere).

Esta vez, nos movemos en el plano de lo cotidiano, de lo que transcurre casi sin darnos cuenta, como los postes de luz que se suceden en la ventana cuando el tren avanza.

No son pocos los matrimonios con los que he conversado que en algún lugar sienten como dice la canción. “Antes me divertía…”

Sería fácil para esta nota refugiarse y echarle la culpa a la rutina. No lo quiero hacer adrede. Porque creo que vos, que la estás leyendo, ya tenés en tu interior herramientas para luchar y en pocos movimientos “militares” pulverizarla. Ir hacia atrás navegando en los lindos recuerdos, o hacia delante con planes nuevos.

Salir un poco con algunos programas del surco tan marcado. Pero sabiendo que en ese surco las huellas son siempre de dos personas.

Hoy quiero referirme a esas risas que, como dice Gieco, puede pasarnos que “hace tiempo no aparecen, pero hace un tiempo estaban”. A veces uno las recuerda como parte constitutiva de nuestro pasado, en especial revoloteando sobre tu pareja y los momentos vividos con ella.

   Para pensar   
Se me han ocurrido algunos puntos de reflexión para que los hagamos juntos. No los consideraría consejos. No soy quién. No me animo.

1. Cuidado con la nostalgia. Puede ocurrir que, con el paso del tiempo, quede el eco de las risas, pero el trajín, lo tedioso, lo laborioso que sin duda existió en esa misma época se diluye, se olvida. Tendemos a sacarle brillo a los recuerdos. Eso no solo resulta engañoso, sino que es el origen de la nostalgia. Landriscina decía que los pescados son los “únicos animales que después de muertos y en cada cuento, crecen más y más”. Con los recuerdos puede pasarnos algo parecido, con los años pareciera ser que antes “éramos más felices”. Y no siempre es así. Todo tiempo tiene su misterio a ser develado. Con nuestra pareja también, por supuesto.

 

LA FELICIDAD QUE SE SOSTIENE EN MIRAR
ATRÁS Y CONTEMPLAR LO CONSTRUIDO,
NO TIENE PRECIO

 

2. Ampliar el campo de comprensión. Somos distintos. Lo que doy, y creo que es lo mejor, no es lo que la otra persona espera en muchas ocasiones. Lo que pasa es que “ella” no me entiende. Dejemos ser el ombligo del hogar y del mundo. ¿Por qué me tiene que entender siempre la otra persona a mí? Si, a veces, ni yo mismo me entiendo. Hacer el ejercicio de valorar lo que recibo, agradecer la presencia de mi pareja una y otra vez. Eso se transmite y corta la espiral descendente.

3. No tomarnos tan literalmente. Alguien muy sabio, hace más de cinco siglos escribió que el “amor” se despliega en dos planos: 1) antes en las obras que en las palabras; 2) en la comunicación. Es decir, tratar de fijarnos más, -en especial los varones-, en las obras de la mujer hacia nosotros que en las palabras. No tomarnos tan literalmente lo que expresan verbalmente. Por un instante, valoremos y pensemos en todo el espacio que ocupan con sus detalles que no vemos damos por hechos, y seamos más laxos en alguna palabra que quizás, sobre todo la mujer con su sistema emocional diferente al nuestro, en ocasiones pueda decirnos. Lo mismo con la comunicación, que no es solo verbal. Lo bueno debe trabajarse, la comunicación también. Ya lo dijimos varias veces. A la flor le encanta saber que lo es. No te guardes elogios. ¡Usalos!

 

HABLAMOS DE RIESGOS QUE QUIZÁS PASEN
LEJOS DE SER GRANDES CATACLISMOS, O
PELEAS IRRECONCILIABLES.

 

4. Tomarnos menos en serio. Es importantísimo tener la capacidad de reírse de uno mismo y de sus defectos. Que sin duda existen. De esa manera bajamos la “barra” de la posibilidad de ofendernos por algo que nos pueda venir de otros. Es un signo de  inteligencia no tomarse tan a la tremenda muchas de las cosas que nos pasan. Los de al lado van a sufrir menos.

5. Comprender nuestra misión. Lograr la mejor versión del otro. Así como hay deportistas que acompañados por un entrenador han mejorado notablemente respecto del trabajo con otro entrenador, es nuestra misión sacar de adentro la “mejor versión” de la persona que tenemos, ya no al lado, sino involucrada de una manera inimaginable en nuestra vida. Expresión que me gusta mucho. Haciéndolo jugar donde se sienta más cómodo; no al contrario para humillarlo. ¡Pésimo negocio! Si logramos su mejor versión, su felicidad se derramará en nosotros y “todo el equipo familiar” se verá beneficiado. Una herramienta clara para este punto es concentrarse más en ponderar que en criticar.

   Entre la risa y la alegría   
Finalmente, con relación a la frase de la canción que originó esta nota, quiero compartirte un pensamiento.

Claro que es importante pasarla bien con tu pareja en el matrimonio, sin menospreciar el papel que cumple en lo cotidiano sabernos compañeros. Pero estoy convencido de que debe haber más felicidad reposando en la sonrisa de un abuelo mirando jugar a sus nietos sin que ellos lo noten, serenamente desde un sillón, a donde se llegó con enorme sacrificio por sostener la familia, recorrido, alegrías y angustias que en una risa, linda y ruidosa de jilguero, que cuando se apaga, simplemente se apaga…

No extrañemos demasiado las risas estridentes, trabajemos para ser ramas donde puedan hacer nido quienes nos rodean. Hay una felicidad que no se ubica en el ruido ni es fruto de la casualidad.

Ojalá puedas vivir plenamente, llenando todos los espacios de tu existencia, y no “sobreviviendo”. La felicidad que se sostiene en mirar atrás y contemplar lo construido no tiene precio. A eso no se lo lleva ni la peor de las tormentas ni lo trae un jilguero.

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