PÁNICO AL «PARA TODA LA VIDA»

Novios

 

Después de algunas salidas, los jóvenes ven que quieren seguir adelante con “esa” persona. No los conforma una relación que implique “solo” la charla de amigos. Y surge la pregunta “Ponerse de novios, ¿para qué?”

 

María Cornú Labat | Magíster en Matrimonio y Familia | sernosotros.com | mcornulabat@sernosotros.com

 

N o son tan fáciles hoy las salidas entre los más jóvenes, ni entre los menos… qué son, qué sienten, qué los mueve. Es un enjambre de sentimientos que no siempre están bien preparados para manejar.

 

Encandilados
Hay un momento, en que cada uno está percibiendo que el otro es bueno para sí. Comienzan una etapa más o menos extensa, pero muy intensa, que llamamos de enamoramiento. De encandilamiento, de inmensa admiración por el otro. Una etapa en la cual es muy difícil ver defectos en el ser objeto de nuestro amor, vemos todo lo bueno y bello que tiene y nos proporciona.

Cuando estamos encandilados, no vemos. Estamos ciegos. Pero no ciegos como los que ven todo negro. Por el contrario, vemos todo brillante, pero no vemos qué hay detrás de ese destello. No podemos y no queremos ver. Para ver qué hay del otro lado, es necesario cerrar los ojos, apretarlos, pausar y abrirlos más tarde. Entonces, se empieza a “ver” que ese objeto de deseo, eso que hace tanto bien, es una persona. Es una persona con necesidades.

 

CUANDO HABLAN DE CIERTA EXCLUSIVIDAD, SE
ENTIENDE QUE ESTA RELACIÓN DEBERÍA INCLUIR
QUE CADA UNO SALGA A BAILAR, A DIVERTIRSE
CON SUS AMIGOS Y AMIGAS, SIN QUE EL OTRO
«INVADA» ESE ESPACIO

 

Una persona de carne y hueso. No es ya ese ser tan idealizado, capaz de darse hasta el infinito. Es una persona con luces, pero también con sombras. Uno se siente capaz de amar esas sombras, porque son sus sombras, porque son las que hacen tan humana a esa persona que deslumbra.

Muchas veces los jóvenes no saben qué les pasa o cómo manejarse. Avanzan en la relación porque sus sentimientos, la naturaleza, la necesidad de hacerse del otro, claman. Entonces viene la pregunta:  “¿Me pongo de novio?, ¿para qué?” o “¿por qué?”   Y la respuesta tiene que ver, tal vez, con pasar más tiempo juntos, o con reclamar una cierta exclusividad sobre el otro.

“Cierta” exclusividad
Cuando hablamos de cierta exclusividad, se entiende que esta relación debería incluir que cada uno salga a bailar, a divertirse con sus amigos y amigas, sin que el otro “invada” ese espacio. Existe ese ámbito de reserva del mundo “privado” que no se le entrega al otro. Es un espacio propio donde el que se dice o es “enamorado” de otro, no se niega, paradójicamente, a seguir relacionándose, a  seguir explorando, bailar, divertirse, gustar, seducir, jugar al límite… con otras personas, que no son su novio o novia. ¿Por qué? Muchos opinan que es “más sano”, “más auténtico”, “menos sometido”; incluso sostienen que es dar un “lugar privilegiado a la amistad” y, así, conservan su libertad.

Reconozco que estoy entrando en un terreno, al menos, polémico, pero no creo que sea así. No creo que se trate de más autenticidad o menos sometimiento. Y, fervientemente, creo que encender una luz de alerta sobre esta tendencia va a ayudar también a fortalecer y afianzar esta necesidad de construir juntos un camino para toda la vida, si se habla de noviazgo.

 

Una etapa en la cual es
muy difícil ver defectos en
ese ser que es el objeto de
su amor, se destaca todo
lo bueno y bello que tiene
y brinda

 

Quienes reservan todo un mundo de relaciones, de encuentro con otros, de seguir intimando con chicos o chicas que les pueden gustar e incluso enamorar, desconocen lo que es el noviazgo, lo que es el verdadero compromiso. Significa que no se han preguntado o no supieron responderse a esa pregunta: ¿qué es el noviazgo?; aunque, tal vez, se preguntaron el por qué y el para qué me pongo de novio.

Cuando un joven, después de pasar un rato con su novia, la deja con sus amigas para que salgan a bailar “solas”, y él se encuentra con los suyos para hacer lo propio por su cuenta, no se están preservando, no están respetando sus espacios, no están dándole el lugar al otro. Están jugando otro papel diferente al del noviazgo. Se están disociando, desintegrando. Están decidiendo que una parte de ellos se preserva de la entrega. Tremenda incoherencia. Y cuántos adultos observadores, cuántos frustrados por sus propios caminos recorridos, celebran este aspecto de la relación como un hallazgo de este hoy tan confuso, tan atractivo.

Y creo que quienes celebran esta tendencia, esta forma de llevar adelante la relación de pareja, terminan frente a una teoría impecable, que llevada a la práctica corre peligro.

Paradojas
Desde lo intelectual, desde la racionalización, los jóvenes creen tener todo muy claro. Es más, el
amor que sienten por su novio o novia es admirablemente íntegro. Entonces, chicos y chicas son capaces de exteriorizar que nada va a pasar en el boliche, que no se van a enamorar de nadie, que nadie les va a mover el piso. Así como luego, en el matrimonio, cualquiera de las dos partes podrá decir que un café con un tercero o tercera no les moverá el piso, no atentará contra la pareja.

O una fiesta de la empresa sin maridos ni esposas nada tendrá que ver con lo que pase en la pareja. Todo muy ordenadito, todo bajo control.

¿Cómo va a salir con sus amigos o amigas con la intención de una conquista…? Pero, ¿qué pasa cuando las dudas acechan? ¿Qué pasa cuando, en medio de una discusión o un intercambio de ideas con la pareja, llega la hora de partir sin concluir, y con esas inquietudes pasamos al ruido? Al ruido lleno de sensualidad y gente, y sin el otro…

Sin duda, esta tendencia social que aparece en el camino, la veo como un nuevo escollo, un nuevo obstáculo en este descubrimiento de pelear por el amor para siempre.

 

     +   En «Ser Nosotros», cap. 4

×

MÁS NOTAS

Comentarios cerrados

Copyrıght 2014 SEMBRAR VALORES.