NI A LOS GOLPES NI POR ÓSMOSIS

[Educacion sexual]

 

En el eje del debate social está la necesidad y la conveniencia de una adecuada educación sexual y afectiva. Pero, ¿quién y cómo compartirla con nuestros hijos?

 

Patricio Videla | Filósofo | Director ejecutivo de Grupo Sólido | pvidela@gruposolido.org

 

L os papás provenimos de experiencias  personales diferentes y esto nos condiciona en la forma en que brindamos la  educación  a nuestros hijos. Los cambios  culturales son también muchos y acelerados y esto nos mueve a plantearnos y volver a pensar. Obviamente, tampoco hay dos hijos iguales.

Aun así, nos animamos a compartir algunas reflexiones y sugerencias.

   ¿Igual que mis padres?   
De chicos, algunos tuvimos la suerte de que nuestros padres estuvieran cerca y esta situación se convierte también en una peligrosa ventaja: un modelo de crianza que seguir. Muchas veces, de manera inconsciente, oculto en hábitos y como  formas de ver las cosas, definimos “sin lugar a duda”, lo que consideramos “normal funcionamiento de una casa”.

Logicamente, es una ventaja, porque nos brinda parámetros, guías, modelos, en el difícil arte de educar y acompañar el crecimiento de los hijos.

Pero, también es peligrosa porque, al ser percibido  inconscientemente como “la” forma normal” de hacer las cosas, podemos replicar formas que quedaron obsoletas, con las que no coincidimos o, simplemente, sobre las que nunca reflexionamos.

De pronto nos encontramos pensando: “¡Estoy hablando igual a mamá!” o “¿En qué momento me convertí en mi papá?”. Generalmente son estas las expresiones que nos guían al despertar de nuestro sueño dogmático.

A partir de allí, “se impone” un trabajo de reflexión y diálogo con nuestra pareja, para encontrar, no sin errores y ajustes, nuestro modo propio de educar a los hijos. Iniciar este diálogo, independientemente del resultado, es ya un enriquecimiento enorme de nuestra vida familiar.

   Sin una guía   
Ahora bien, ¿qué pasa cuando no tenemos esa guía? A veces, por los motivos que sean, no tuvimos a nuestros padres cerca o nos dimos cuenta demasiado rápido y casi exclusivamente de lo poco que nos gustaban sus formas de crianza. Si no hubo alguna persona que cumpliera ese rol con nosotros, nos sentimos más solos, más desamparados, ante un desafío enorme. El miedo a lo desconocido puede apoderarse de nosotros.

En algún punto de las increíblemente variadas temáticas que componen el manual de la paternidad, todos podemos reconocernos en este segundo grupo. Y, creo que la gran mayoría de mi generación (30 años) y la generación de nuestros padres, compartimos el vacío en la misma parte del manual: la de la educación sexual y afectiva.

   Puede haber mil razones   
Por tabú, porque no éramos cuestionadores, por creer que eran temas que se aprendían “por ósmosis”, o bien, que se despachaban fácilmente con alguna bajada de línea clara y contundente, teniendo “la charla formal sobre sexo”.

Son conversaciones que muchos de nosotros no tuvimos con nuestros padres. Y resulta que ahora -como padres- quisiéramos tenerlas con nuestros hijos. O, al menos, sabemos que queremos hacer algo mejor en este punto. Y nos sentimos desamparados. Sin modelos a seguir.

Las preguntas que
más nos hacen no son
sobre “sexo seguro”;
son sobre cómo lidiar
con infidelidades, cómo
saber si es realmente
amor, cómo manejar los
impulsos.

 

Pero además, nos sentimos desbordados, por el ritmo de la vida actual. Miembros de la sociedad del cansancio, nos  sentimos sobrepasados, por la cantidad de información a la que nuestros hijos acceden en internet, más allá de los filtros que pongamos.

Vivimos con la sensación de que “los chicos de hoy saben todo”, entonces, por omisión, podemos provocarles un daño.

Y, encima, muchas veces, nos sentimos deslegitimados por nuestra propia vida, incapaces de exhibir coherencia, o éxito duradero en el desarrollo de nuestras historias de amor. En definitiva, somos la generación que aprendió a amar “a los golpes”, pidiéndole consejos al amigo con “más experiencia”, al hermano mayor, al primo.

  Queremos hacerlo bien   
A pesar de todos estos motivos, queremos hacer algo al  respecto, queremos educar a nuestros hijos en estos temas.

Sé que en el colegio lo hacen y sé que eso solo no alcanza; otras veces no concuerdo al 100% con la forma en que lo hacen.

NOS SENTIMOS DESLEGITIMADOS POR NUESTRA
PROPIA VIDA,
INCAPACES DE EXHIBIR COHERENCIA O
EXITO DURADERO EN EL DESARROLLO DE NUESTRAS
HISTORIAS DE AMOR

Sea porque reconocemos el dolor que surge del modelo de “aprender a los golpes” y queremos ahorrarles algunos -ya que todos sería imposible e inconveniente-, sea porque se ha vuelto uno de los campos de batalla cultural más recurrido en estos últimos años. Tenemos que sobreponernos a nuestros miedos y animarnos a tener conversaciones como padres que no tuvimos como hijos.

   Con nuestro modo de crianza   
Conversaciones que nos exigirán estrategias de crianza más conscientes y menos automáticas.

Conversaciones que pueden generarnos la angustia de lo desconocido, porque sabemos cómo empiezan pero no dónde van a terminar.

Y sin embargo, conversaciones que les debemos a nuestros hijos:
•  Porque sabemos que su carencia les hará daño.
•  Porque sabemos que el modelo de “a los golpes” o “por ósmosis” está generando muchas rupturas familiares.
•  Porque sabemos que nadie los va a guiar con más cariño que nosotros.

   Pautas para este desafío   
Si estamos embarcados en este desafío, y nos animamos a tomar este toro por las astas, me gustaría repasar juntos algunos consejos, aprendidos en las charlas que con Grupo Sólido tuvimos con miles de jóvenes de Latinoamérica.

Tranquilos, con confianza. No importa si no somos expertos; si no es nuestro consejo, va a buscar el de un amigo como él (de 13-14-15 años) o el de Google. No importa si no tenemos historia de vida “modelo”, la experiencia más amarga a veces enseña mucho, compartámosla.

Ajustemos nuestras expectativas. No esperemos que un hijo varón de 14 años corra a nuestros brazos a la salida del colegio y nos cuente sus problemas románticos. Pero nunca desaparezcamos de su radar, ni perdamos la confianza que ganamos en su infancia.

ni a los golpes ni por osmosis 1Compartamos tiempo, y alguna actividad. Generemos situaciones para estar juntos un buen rato, haciendo algo, por ejemplo, un asado. Las ocasiones para hablar se van a presentar, de modo menos forzado que teniendo “la charla”. Se puede aprovechar el auto, donde estamos juntos, mirando hacia el mismo lado ¡y no hay escape!

No compremos el relato de la juventud perdida. Los jóvenes de hoy no están perdidos, sólo necesitan que los guiemos. La mayoría no está buscando mayor placer y menores consecuencias ciegamente. Y, a quienes tienen esa actitud de vida muchas veces cínica frente al amor real, no se los convence con bajadas de línea.

Apuntemos alto. Concentrémonos en darles herramientas para que sean felices, para que logren un amor grande. No busquemos principalmente prevenir incendios. Nos ocuparemos cuando lleguen.

Formemos su conciencia, para la libertad. No pretendamos sustituirla con la nuestra. Compartir series, preferentemente de su elección, puede ser un buen camino hacia conversaciones en este sentido.

Encontremos nuevos temas de referencia. Las preguntas que más nos hacen los adolescentes no son sobre “sexo seguro”, son sobre cómo lidiar con infidelidades, cómo saber si es realmente amor, cómo manejar los impulsos, entre otras.

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