Nando Parrado: “Todos tenemos nuestros propios Andes”

 VIVEN gritó Sergio Catalán en diciembre de 1972 cuando vio a Fernando Parrado y Roberto Canessa, dos de los uruguayos sobrevivientes de la Tragedia y Milagro de los Andes. Su muerte nos los trae al recuerdo.

 

CCuando se cumplieron 30 años de esa tragedia y milagro, tuvimos oportunidad de entrevistar a Nando Parrado en uno de sus pasos por Buenos Aires. Les traemos algo de esa charla que tuvimos mano a mano con un sobreviviente, café de por medio en San Isidro.

La periodista Lucila Peró, autora de la nota, define a Parrado como un: “testimonio de supervivencia y, sobre todo, de amor”.

 

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El blanco es inmenso. Los pasos, diminutos. La respiración se corta por segundos en una cuesta que se eleva interminable y al levantar la vista, sólo la nada, o mil montañas. La hazaña parece imposible. La muerte, inminente. Dos hombres demostraron lo contrario. Treinta y cuatro años después, uno de ellos habla con la simpleza propia de alguien que no se considera un héroe.

Yo no soy más que un ex jugador de rugby que tuvo que vivir algo que no quiso”, comienza diciendo Fernando Parrado, Nando, para todos aquellos que conocen la historia de los Andes. “A veces, la vida tiene cosas que no nos gustan o preguntas que nunca tienen respuesta. Hace años pensaba ‘ojalá no me hubiera subido a ese avión’. Sin embargo, hoy tengo una vida que no tendría si eso no hubiera pasado y, lo más importante, no tendría la familia que tengo.

Al momento de la entrevista Nando tiene 57 años, está casado con Veronique van Wassenhove y es padre de Verónica y Cecilia. Además, es empresario, productor televisivo, escritor y también se dedica a dar charlas compartiendo su experiencia en la montaña.

 

 

Mi vida es ésta, -enfatiza- desde que pasó el accidente en los Andes. Nunca miré hacia atrás, siempre hacia adelante. Unos pasos para atrás para tomar impulso, como decimos con algunos de mis amigos, y me dediqué a vivir mi vida, a pagar la cuenta de la luz, a comprar el auto, a pagar el seguro y a formar una familia, que es lo más importante. Porque en ese infierno helado, nos dimos cuenta, en un instante, que lo único que importa es eso.

 

 

Quizás para ratificar ese aprendizaje, Nando volvió varias veces a la cruz que hoy señala el lugar del accidente. La última, en marzo de este año,  junto a su mujer y sus hijas.

 

Volver a casa

La historia nos resulta familiar: El 13 de octubre de 1972, el avión Fairchild de la Fuerza Aérea Uruguaya, que trasladaba a los jugadores del Old Christians Rugby Club de Montevideo para jugar un partido amistoso en Santiago, se estrelló sobre la cordillera entre la Argentina y Chile. Ellos tenían 20 años cuando protagonizaron una de las tragedias aéreas más conmovedoras de la historia. Cuarenta y cinco personas iban a bordo y sólo 16 sobrevivieron luego de 72 días de frío, hambre y hacinamiento extremos.

 

Hubo un punto de inflexión, un cambio de expectativas…

Yo hice un clic y, como en la película, vi todo lo que iba a pasar. ‘Acá nos vamos a morir todos mirándonos a los ojos. Yo me quiero ir. Me voy a morir contra esas montañas, contra el hielo, las grietas, la nieve. No me voy a morir sentado’, pensé.

Nando tomó esa decisión en cuestión de segundos, después de escuchar en una improvisada radio que la búsqueda de sobrevivientes había sido suspendida. Mirando a la cara a una muerte segura, resolvió, junto con Roberto Canessa, que su destino sería otro y emprendió una caminata que duró 9 días y 9 noches.

Bueno, no fue una caminata. Hay que subir hasta casi 6000 mil metros de altura sin guantes, sin zapatos, sin pantalones, sin gorros, sin lentes, sin nada -aclara-. Es imposible, inhumano. Casi no hay aire, tenés que respirar cinco veces para dar un paso y vas subiendo a inclinaciones que son imposibles. Cuando llegás a la cima y ves lo que queda, realmente te das cuenta, una vez más, de que estás muerto. Y ese es otro de los momentos clave, porque tomé la decisión más difícil de mi vida: decidí cómo iba a morirme, dice dejando claro que su forma de morir sería luchando por la vida.

 

-¿Cuál fue el motor que te llevó a emprender esa hazaña?

Por esas causas del destino, mi madre y mi hermana murieron en la montaña. En ese entonces, el único motivo que tenía para volver era mi padre, quien me había enseñado mucho de chico. El libro que escribí refleja lo que yo sentía en ese momento y se resume como una historia de amor, porque lo opuesto a la muerte es el amor, no la vida. Lo opuesto a todo lo difícil de la vida es el amor, porque uno se refugia en eso cuando todo lo demás no existe. Los afectos, la familia, lo que uno quiere, es lo que uno más aprecia y por lo que hay que luchar. Y lo aprendimos allí, a 4.500 metros de altura, durante 72 noches horribles, donde lo único que queríamos era volver al abrazo familiar, de nuestras madres, de los que nos querían. Hoy seríamos muy estúpidos si negáramos eso que aprendimos de una forma tan dura. Hay que disfrutar cada minuto, cada respiro, porque no sabemos qué es lo que puede pasar mañana.

 

 

Lo más importante

Al escucharlo, es imposible no imaginar al chico de 20 años que se esconde detrás del hombre, y preguntarse por el más grande descubrimiento ocurrido en esos helados 72 días.

Encontramos a un Dios que es amor. ¿En qué piensa una persona que va a morir? ¿Qué es lo más importante de la vida?”, y frente a esta pregunta vuelve incansablemente a la misma respuesta, a lo más importante: “Los afectos, el amor. En ese infierno helado, nos dimos cuenta de que lo más importante es el amor. ¿Y qué es el amor? Es el amor por la familia, por los seres que uno quiere, y eso fue creado por Dios”.

En el camino de la vida y del amor siempre aparecen obstáculos. Sin embargo, para Nando, quien parece haberlos esquivado todos, los más simples y los más impensables, seguir escalando es algo incuestionable.

-Todos tenemos algún problema en la vida. Todos tenemos nuestros propios Andes, nuestras propias cordilleras, ya sea en los estudios, la familia o en el trabajo. Alguna vez aparecen problemas graves, que son parte del rompecabezas que es la vida. Yo desaprobé matemática 8 veces, para entrar a la Facultad de Ciencias Económicas. La salvé la octava vez. Y bueno, acá estoy, y no me ha ido mal en la vida. Hay que ser tenaz y no aflojar, seguir adelante. Siempre se puede.

 

Líderes en la adversidad

Sabemos que en las capacitaciones que va dando por el mundo  desarrolla el concepto y condiciones del liderazgo, de ahí la pregunta.

¿Es muy difícil ser líder en la adversidad?

-En los Andes, el liderazgo cambió a lo largo de los 72 días. En un principio, era para el capitán del equipo, Marcelo Peréz del Castillo, quien con 21 años, fue uno de los ejemplos de liderazgo más absolutos que vi en mi vida. Cuando escuchamos que la búsqueda se había suspendido, se cayó como líder, porque cayó todo lo que él creía que iba a pasar. Y el liderazgo después apareció por las acciones. Nadie eligió a un líder a lo largo de los 72 días. ¿Quién iba a querer ser el líder de un grupo de chicos condenados a morirse congelados en un glaciar a 4500 metros de altura? Nadie. Fueron apareciendo líderes según las acciones.

 

La hazaña sobre el papel

 

 

-¿Llegó el momento de escribir lo “contado”?

Yo nunca supe que estaba escribiendo un libro. Eso es lo fascinante de mi vida: que me encuentro con cosas con las que nunca pensé que me iba encontrar. La vida sigue tirándome experiencias interesantes. Desafíos no quiero más, ya tuve demasiados, pero las experiencias me encantan.

Y, ¿cómo llega el “desafío” de vivir esta experiencia?

Debido a mi trabajo, viajo constantemente  produciendo programas de viajes o de autos. Durante esos viajes, hubo muchas noches de hotel, muchas esperas en aeropuertos. En esos momentos escribía sin saber muy bien para qué o para quién. Escribía sobre temas absolutamente diferentes: los amigos, mi familia, la montaña, mi vida después, mis autos, mis trabajos, mis hijas, mi mujer. Iba escribiendo y acumulaba todo en una notebook.

 

Un héroe insospechado

 

“La llevó a las Delicias y ella esperó en el coche mientras él compraba helado. Al volver, con un cucurucho en cada mano, tropezó con algo que había en la acera y perdió el equilibrio. Encorvado, con los ojos como platos y la boca abierta, titubeaba en dirección al auto como si fuera a abalanzarse sobre ella. En vez de eso su mejilla toca de pleno con la ventana del conductor y se oye el golpe de su cabeza contra el cristal. Él desaparece de su vista y al desplomarse en el suelo, sólo quedan los dos trozos de helado que embadurnan la ventana”.

A simple vista, ésta es la anécdota de un tipo que no sabía ni cruzar la calle, un pobre hombre que se tropieza y demora veinte metros en caerse.

“Cuando pensás que no podés hacer nada y sos tan inútil que te lleva dos meses invitar a salir a una chica que nunca más salió contigo, es posible que al final escribas un libro como éste y atravieses la cordillera de los Andes.

Ése fui yo”, se enorgullece Nando

 

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Milagro en los Andes, escrito junto al editor Vince Rause (publicado en Argentina por Editorial Planeta).
Para conocer más sobre la historia y los sobrevivientes se pueden visitar las siguientes páginas: www.parrado.com
o  www.viven.com.uy

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