Matrimonio, ¿sí o no?

 

 

Alicia Zanotti de Savanti,

Médica Terapeuta Familiar,

Licenciada en psicología,

Directora de Apsis.

 

 

Pensar en el matrimonio incluye varios desafíos en la sociedad actual. No es ya un mandato social, supone encarar un nuevo estilo de vida.

 

L a promesa de amor y de entrega mutua entre el hombre y la mujer, matrimonio, ha tomado distintas características a lo largo de la historia de la humanidad. En los últimos cuarenta años del siglo veinte, en occidente, la pareja se autonomizó de las presiones familiares y sociales y el matrimonio perdió centralidad tanto en lo jurídico como en la experiencia vital de los hombres y mujeres de hoy.

 

 Amor en los años ‘70

A partir de los años setenta, se fue dando una progresiva modificación en el modo de concebir el vínculo que lleva a las nuevas generaciones a hacer la experiencia de vivir juntos, mantener relaciones sexuales y tener hijos, sin necesidad de casarse. La boda que se vivía como fiesta que celebra el amor, como rito de paso desde la casa paterna hacia una nueva vida y como sacramento de una nueva alianza, perdió su valor al transformarse sólo en “fiesta”.

Al desdibujarse el sentido del casamiento, el mensaje cultural tergiversó sustancialmente la concepción del lazo conyugal que exige “dejar la casa del padre” -desligarse de la dependencia afectiva infantil- para fundar, a partir del amor mutuo y recíproco, una unión cualitativamente distinta con una persona del otro sexo ajena al medio familiar.

 

¿Cambia el vínculo?

En este contexto, con frecuencia encontramos parejas con una dinámica afectiva caracterizada por una prolongación del vínculo filiar, ahora dirigido hacia la persona elegida; intentan algo nuevo con modalidades anteriores. Son relaciones “maternizantes” en las que prima la demanda de gratificación. Cumplen la función de completar carencias anteriores o prolongar el estadio infantil. Revelan la primacía del sentimiento sobre la relación. Denuncian la vigencia social de la sexualidad adolescente que enfatiza la unión romántica, fusional, basada en la atracción sexual y el bienestar personal, convertido en criterio para decidir la continuidad del vínculo o la búsqueda de otras experiencias.

 

Compartir la existencia

Compartir la existencia con otro es una vocación y un don; nos lleva a abandonar lo narcisista y crecemos en amor responsable y solidario. Casadas o no, estas parejas no han llegado aún a la conyugalidad. Asumir la complejidad que exige un proyecto vital compartido, requiere no sólo el deseo, sino la capacidad emocional de hacerse cargo de uno mismo y del otro.

Amar a otro, descubrirlo y aceptarlo en su libertad y su diferencia -más que como mera fuente de gratificaciones- no anula el amor romántico, sino que lo trasciende. Es mucho más que estar enamorados o llevarse bien. Implica una decisión y un corte con lo anterior. Sin duelo por el pasado, no hay construcción de futuro.

Nuestra sociedad revela una peculiar dificultad para cerrar ciclos vitales. A menudo se pretende vivir dos etapas simultáneamente: los beneficios de la adultez y las gratificaciones de la adolescencia.

 

Ser Nosotros

Compartir el “yugo” de la existencia (“conyugalidad”) con otro es una vocación y un don. Asumirlo implica cierto grado de madurez que permita una manera nueva de relacionarse en la que la cooperación con los intereses del otro es un elemento sustancial; permite abandonar progresivamente los aspectos narcisistas de la personalidad y crecer en amor de solidaridad y responsabilidad.

Sólo una unión que nace de estas premisas es capaz de crear un vínculo social, comprometiéndose con otros y ante otros como unidad en la protección de la vida, la construcción de la historia y la transmisión del legado cultural. En esta cualidad reside la diferencia entre vivir juntos y construir una vida en común. La pérdida del valor comunitario en nuestra sociedad, y el énfasis en la individualidad y la competencia, no ayudan a elaborar la vida en esta clave.

La formación de un nosotros es una tarea que dura toda la vida; comienza abandonando la casa paterna y continúa transformando el amor recibido en fuente de vida para otros.

 

Desligarse de la dependencia afectiva infantil para fundar, a partir del amor mutuo y recíproco, una unión cualitativamente distinta.

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