Las fiestas y sus nostalgias

 

Cerca de fin de año, a algunos nos acecha la melancolía. Pensamos en aquellos que no están

Distancias físicas y lejanías afectivas generan un dolor que puede impedir que disfrutemos junto a los nuestros

 

María Lescano | Periodista  |  marialescan@gmail.com

E n estas fechas en las que todo es ajetreo, preparativos, vacaciones, fiestas, no siempre logramos estar en la misma sintonía con los que tenemos al lado.

Para algunos es un momento en que se profundiza el dolor de una pérdida. Y es tan natural que sea así, que vale la pena darle un espacio a esa ausencia que, tal vez, es la presencia más fuerte.

Ese, como muchos otros, era un gesto propio de mi padre y al estar juntos y recordarlo nos hacía recobrar el buen humor.

Un recuerdo llevaba a otro. Pasados ya más de seis años desde su muerte es ese todavía un momento de unión familiar y esos gestos pasaron a ser como un tradición o costumbre dentro de nuestra familia”.

Cuando el recuerdo es sereno, es posible recomponernos y alcanzar una paz que nos permita, también, compartir con los demás un momento alegre.

 

Hay distancias y distancias

Ser concientes de la añoranza de alguien especial nos brinda la oportunidad de acercarnos en ese día tan especial

Otras veces, las ausencias tienen un sabor más amargo cuando la brecha es más afectiva que física. Es la falta de aquellos con quienes no hemos logrado recomponer una relación.

El afecto está, de lo contrario no sufriríamos por esto, no habría añoranzas. Sin embargo, no hemos sabido perdonar ni alcanzado un perdón o un acercamiento. Esto genera un sufrimiento hondo y difícil de reparar.

Ser conscientes de esta realidad nos brinda una nueva oportunidad para acercarnos, incluso unos días antes o tener el valor de llamar para saludar en el mismo día… en fin, que les mostremos nuestra actitud positiva. Si aún así no se logra, tendremos que hacer grandes esfuerzos por quitarnos ese tema o esa persona de la cabeza durante la fiesta para poder compartir la alegría de los demás.

Seguramente no queremos ser injustos con los demás y privarlos del gozo propio de ese momento por aquellos que no están con nosotros.

También están aquellos a quienes extrañamos porque eligieron hacer un viaje, estudiar o trabajar en el exterior. Incluso, algunos están iniciando una nueva vida más allá de las fronteras. Ojalá nuestro corazón sea tan grande que vuelque fortaleza y optimismo, en esa voz clara y alegre que necesitamos escuchar cuando estamos lejos.

 

Estamos solos

Por diversas situaciones, estas fiestas pueden agarrarnos solos, tal vez somos quien está afuera por razones de estudio o trabajo.

En esas circunstancias, surgen unos vínculos inesperados de afecto y celebramos con vecinos, con amigos, con compañeros de estudio o trabajo, a quienes el hecho de estar en situaciones similares nos acerca, aunque sea de modo solo ocasional.

 

Un alma grande
derrama esperanza en ese familiar
que comienza una nueva vida en el exterior

 

Sin embargo, el testimonio más fuerte de una señora que podría estar lamentando su soledad me lo dio una abuela de 85 años.

Cuando murió su marido, Rosa ya tenía a sus hijos casados y viviendo lejos de su ciudad. Al acercarse las fiestas no quería causar ningún problema en las familias de ellos y, a la vez, es una mujer tan vital que quería pasarla muy bien.

Desde entonces, instaló una tradición: ella con otras 3 amigas reservaron lugar para ir a cenar y contrataron un remis que buscaba a cada una en su casa para llevarlas al restaurante y las devolvía pasadas las 12, de manera que tampoco el chofer se veía privado de festejar –aunque brevemente- el cambio de año. Rosa y sus amigas no perdían esta celebración por nada del mundo.

 

Un poco de humor

“Mi padre murió en junio. Esa primera Navidad sin él fue difícil, pero mi madre tomó su lugar en la oración alrededor del pesebre, y en la bendición de la mesa familiar con toda naturalidad. Y todavía lo sigue haciendo.

Todos puchereamos en ese momento pero en seguida empezamos a hacer chistes acordándonos de un gesto particular que hacía al terminar la oración y que era, sobre todo para los nietos más chicos, la voz de “aura” para abrir las puertas del comedor.

Si bien es verdad que estos días nos reúnen, nos convocan y hay siempre un espacio de reflexión, esto no significa que falte en nosotros ese buen humor que nos hace pasar por alto las penas que pueden surgir. El humor descoloca, permite encontrar el lado positivo y, a veces, cómico ante lo que nos pasa o nos pasó en este año.

Sonreí, que hay motivos, y brindá por lo que viene.

 

FUENTE:

Asesoró:

Isabel A. de Dodds, Profesora y Master en Educación Familiar por el IEE en Argentina

Mariana Kappelmayer, Psicóloga Social y Técnica en Orientación Familiar por la Universidad Austral.

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