Un estilo que, ¿apuesta a la libertad?

Los dinks son las iniciales de double income no kids (dos ingresos, sin hijos). Son cada vez más los casos de parejas que eligen no tener hijos y así disfrutar más lo que ellos llaman su libertad.

El término «dinks» fue acuñado en los años 80. Al principio hacía referencia a las parejas homosexuales, por la sencilla razón de que de esas uniones no había hijos. Más adelante, se fue ampliando el concepto y se incluyeron matrimonios y parejas que, no por motivos de esterilidad, eligen no tener hijos, ser simplemente dos, con dos ingresos.

Según American Demographic Magazine, las parejas sin hijos están en ascenso. En Estados Unidos, en 2010 sumaban 31 millones. En otros países como China, Canadá, España e Italia, el modelo sigue creciendo y preocupa el envejecimiento de la población. Esta tendencia, en la Argentina llega especialmente en la franja etaria que oscila entre los 25 y los 40 años. Se trata de gente por lo general profesional, con éxito en lo laboral y alto poder adquisitivo.
Destinan gran parte de sus ingresos a actividades de ocio. Van al cine, al teatro, viajan.

 

 

 

 

 

Según la revista mexicana El Economista, los «dinks» -que en el país azteca duplicaron su número desde 2008- se han convertido en una mina de oro para muchas importantes marcas y sus hábitos de consumo están apuntalando la demanda de bienes y servicios. Acceden a bienes y servicios sofisticados y caros a los que difícilmente una familia pueda acceder.

¿Libertad?

¿Qué lleva a una persona a tomar una decisión así junto a su compañero de camino? Es muy difícil saberlo. Algunos de los que dan testimonio de su estado aseguran que los mueve el ansia de libertad, disponer del tiempo como quieran, no tener ataduras. Poder viajar sin restricciones, tomarse vacaciones en cualquier momento, a destinos insólitos, en fin, no tener límites. A los niños los quieren lejos, se conforman con prestarles un poco de amor a los sobrinos y a los hijos de amigos, y nada de siestas interrumpidas.

 

 

 

 

 

 

Especialmente, para quien los mira en medio de pañales, ojeras, pelos revueltos, respuestas irritables, cansancio inexplicable… Todo es un sueño de hadas. Se divierten, la pasan bien. Libertad. Es la expresión que más me llamó la atención mientras leía el artículo sobre el tema.

Quienes llegan a esta difícil determinación defienden su libertad ante todo. Es una decisión que no se toma así nomás, se piensa y se toma fríamente. Es un estilo de vida que se anhela primero y al que se adhiere más tarde de a dos. En pos de la libertad. Libertad entendida como ausencia de límites, como inexistencia de frenos, de barreras, de parámetros externos a uno que le avisen que esto no se puede, que esto queda para otro momento, que aquello lo tengo que postergar.

Un término nada fácil de definir. Libertad, según la Real Academia Española, es la «facultad que tiene el hombre de obrar  y de no obrar, estado o condición de quien no es esclavo, o de quien no está preso, falta de sujeción y subordinación», etcétera.

Otra definiciónLibertad es la facultad o capacidad del ser humano de actuar según sus valores, criterios, razón y voluntad. Asimismo, se utiliza la palabra libertad para referirse a la facultad que tienen los ciudadanos de un país para actuar o no según su voluntad y lo establecido en la ley.

 

 

 

 

 

Una pareja que toma la decisión de no tener hijos ejerce su libertad. Y lo hace porque no quiere ser esclavo, no quiere estar subordinado ni sujeto a nada ni a nadie.

Mucho ya se ha dicho y se ha escrito acerca de que el dinero nos ata y cómo los bienes materiales nos terminan esclavizando, cómo el ansia de tener más, de gozar más nos atrapa.

Nos encontramos con que no hay límites… No hay freno… No hay barreras, pero no hay salida… Porque, la experiencia muestra que el ansia de tener, de alcanzar más, de gozar más, no se sacia.

El mercado de consumo, lo sabe, y ve su salvación en este nuevo modelo. No va a dejar de inventar viajes exóticos, nuevos servicios, bienes “imprescindibles”, lujos que se convierten en necesarios. Las ofertas no van a parar.

Y, más tarde o más temprano, y tal vez sin darnos cuenta, nace una nueva clase de esclavitud los tendrá presos, quitará la paz, la ansiada libertad, la calma y la felicidad. Porque como es inalcanzable, nunca llegarán  a tener todo lo que se les ofrezca o colmar todas sus expectativas.

Porque el mercado, la sociedad de consumo, la diversión sin límites, el gozar sin frenos no es el camino a la felicidad.

¿Qué te dan los hijos?

“¿Qué te dan los hijos?” Aquella pregunta volvió a mi memoria una mañana de domingo cuando leí el título de un artículo: “La vida sin hijos”.

Evoco ese momento y todavía me emociono. Estaba en un hotel de lujo en la Patagonia argentina. Junto con mi hijo mayor, que acababa de cumplir un año, y embarazada de un mes y medio, acompañaba a mi marido a un programa internacional de negocios. Era nuestro segundo aniversario de casados, y aprovechamos el viaje.

Mientras las más de 100 personas de distintas partes del mundo asistían a clase y discusiones de negocios, yo corría atrás de mi hijo, lidiaba con los malestares propios de mi estado, me cansaba, me reía, me divertía, cambiaba pañales, subía y bajaba la lomada verde, y también me aburría.

Disfrutaba de hacer lo que hacía todos los días en un marco paradisíaco, en un ámbito distinto que me colmaba de una sensación de felicidad y de paz única.

Fueron cuatro días muy lindos. Me acuerdo perfecto de que el clima acompañaba. Días frescos, pero soleados y perfectos. Una de esas mañanas yo estaba en el jardín del hotel persiguiendo a mi hijo, muy divertida porque caminaba desde hacía menos de un mes, y era toda una novedad para mí. En un momento el contingente de participantes salió de la sala de conferencias hacia los jardines. Era el momento del recreo, y el clima invitaba a pasarlo afuera.

Yo seguía jugando con mi bebe, y de lejos los escuchaba reírse, los veía fumar, charlar, socializar. Se veía que no perdían un minuto de su tiempo. Seguramente tenían que establecer contactos, intercambiar pareceres, aprender unos de otros o, simplemente, hacerse amigos. Uno de ellos me llamó la atención. Se sentó a mirarme. No me lo olvido más.

Tenía unos 30/35 años, pelo rizado castaño, anteojos. Y me miraba. Y yo seguía en mi tema. Subía y bajaba la loma, actividad preferida de ese día. Y el participante se sentó a observarnos. Solo y pensativo.

A la noche, yo siempre comía con mi marido y los participantes. Cuánto esperaba ese momento. El hotel nos daba un servicio de babysitter y yo lo aprovechaba para poder arreglarme y volver por un rato al mundo de los adultos.

Esa noche, se acercó un participante, y en inglés con acento extranjero nos preguntó a mi marido y a mí si se podía sentar con nosotros. En seguida lo reconocí. Era el castaño de anteojos que en los recreos de ese día nos miraba jugar en lugar de socializar. Se presentó, no recuerdo su nombre, pero sí que era de Holanda.

Nos comentó que ese día, en los recreos, no se había cansado de mirarnos jugar a mi hijo y a mí. En seguida me miró fijo y me preguntó: “¿Qué te da un hijo?” Yo era muy joven, no me había puesto a pensar con mi marido nada de eso antes de que apareciera nuestro primer hijo. Me sorprendió encontrarme en esa situación, alguien que me interpelaba, que me cuestionaba algo que evidentemente algunos sí se cuestionan. Lo primero que me salió fue decirle de manera casi divertida que los hijos no te “dan” materialmente nada. Más bien te sacan todo: tiempo, plata, vacaciones en un crucero, libertad de hacer lo que quieras, posibilidades de manejar un auto de alta gama…

Él insistió: “¿Qué te dan?” Y a mí se me ocurrió responderle con el corazón, y desde mi experiencia, y sabiendo lo que él había sabido mirar en los recreos, que lo que te dan es algo que no se puede explicar con palabras. Te dan una felicidad que se mezcla con el agotamiento y las ojeras; la risa y el llanto. Es un sentimiento de plenitud que desborda, y que es misterioso y no se explica; y que no te lo daría el crucero que no te podés tomar, ni el auto de alta gama que no podés manejar. Sólo te lo da un hijo.

Reflexivo y sin dejar esa mirada profunda, nos contó que estaba casado desde hacía unos años y que con su mujer habían elegido no tener hijos. Y nos confesó, casi emocionado, que estos días viéndonos jugar a mi hijo y a mí, había replanteado su decisión.

Créditos María Cornu Labat www.sernosotros.org.ar

Edición Inés Catalano Estudiante de Comunicación. Universidad Austral

NdR: agradecemos a las familias que nos envían sus fotos para ilustrar las notas.

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