ESTE VERANO

Un verano en  Buenos Aires hicimos un plan especial. Padres e hijos comprobamos que no todos tenemos la misma suerte. Vamos aprendiendo a ser agradecidos y generosos. Experiencia que súper recomiendo.

 

Por: Arantxa Escribano | Periodista | earantxa@gmail.com

 

M e queda claro que somos afortunados. Algunos más, algunos menos… pero en general la gente que me rodea vive cómodamente.

 

 Resulta difícil hacer entender a los hijos que no todos tenemos la misma suerte.  

Nos movemos en un círculo en el que casi todos han aprovechado las oportunidades que la vida les ha dado. Han recibido educación en buenas escuelas, crecido en familias cuyos padres pueden pasar tiempo con los hijos y por tanto, han tenido la posibilidad de atender sus necesidades dignamente (las del cuerpo y las del alma). Además, nunca han sido objeto de ninguna discriminación social. No es un dato menor. Es… nuestro contexto.

Resulta difícil hacer entender a los hijos que no todos tenemos la misma suerte, ni las mismas oportunidades, ni las mismas herramientas para salir adelante. Por eso, cuando conocimos a Alejandro en una capacitación de Experiencia Líderes y nos propuso visitar la Villa 31, llamada Barrio 31 (para evitar la connotación negativa que tiene la palabra villa) no dudamos un segundo en decirle que sí. Pablo y yo quisimos también que vinieran los niños.

Conocerían un lugar que han escuchado mencionar infinitas veces, que vemos cuando tomamos la autopista Illia, donde viven personas que ayudan en el edificio donde  vivimos y cruzamos en el ascensor. Nos pareció, en definitiva, una súper oportunidad para educar que no queríamos desaprovechar.

 

¿Sabías?

Hace más de sesenta años que existe, hay unas cincuenta mil personas viviendo ahí, está ubicada en uno de los mejores barrios de Buenos Aires, existen «códigos» que conocen, regulan y respetan los vecinos (sólo ellos). Durante este tiempo todos los gobiernos les prometieron cosas que, casi sin excepción, se realizaron con miles de deficiencias e irregularidades.

Se han visto cambios. De hecho, Horacio Rodríguez Larreta, el jefe de Gobierno de la ciudad, instaló en una esquina del barrio su oficina. Los vecinos dicen que lo ven con cierta frecuencia. Sin cámaras… Y recorre el barrio hablando con ellos. No es todo, pero es un paso. Conversé con unas cuantas personas y en general, se los ve contentos.

 

Aprendimos

Los niños pasaron calor, se quejaron un poco por todo lo que caminamos al sol con 33 grados de sensación térmica, pero no dejaron de observar…

Vieron cómo eran las casas por dentro. Uno o dos ambientes donde los 8 integrantes de la familia tomaban mate en la vereda: abuelos, hijos y nietos; vieron cómo el barro de alguna calle nos ensuciaba los zapatos aunque no había llovido; vieron cómo los más pequeños se refrescaban en las «Pelopincho» instaladas en los patios de las casas y en palanganas llenas de agua; miraron, con ganas de correr, una cancha de pasto sintético; vieron también cómo una chica jovencísima con su hija en brazos, huía de su pareja medio alcoholizada insultándola a plena luz del día. Vieron, supongo, lo que pasa en el mundo real del que a veces están tan lejos.

Esta visita no va a cambiar su realidad, tampoco la nuestra. Pero estoy segura de que es una semilla que poco a poco, les hará entender la responsabilidad que uno tiene cuando, como ellos, disponen de: herramientas, oportunidades y una familia que los quiere.

Aclaración, la foto es del momento de la visita. En el barrio se realizaron y realizan importantes trabajos de urbanización y mejora como  agua potable, alcantarillado, electricidad (con medidores) e  infraestructura de calidad en la zona.

 

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