El poder del perdón

¿Es posible vivir un brutal genocidio y perdonar?, ¿pueden los líderes
políticos y religiosos unirse para buscar la paz de un pueblo formado por varias etnias? Immaculée es un testimonio vivo de que se puede perdonar y volver a empezar.

MARÍA LESCANO| PERIODISTA | MARIALESCAN@YAHOO.COM.AR

I mmaculée llega sonriente, moderna, enfundada en sus jeans.
La remera y el sweater son fucsias. Su abundante cabellera, que fue negra, hoy es castaña oscura en las raíces y rubia en los largos. Una mujer en sus cuarenta y con una actitud positiva, proactiva y serena, muy serena.
Si hay algo que llama la atención en Immaculée, es su sonrisa serena. Somos unos pocos periodistas privilegiados por la oportunidad de mantener con ella este diálogo casi personal.

SV| ¿Dónde estabas durante el genocidio?
En su libro Sobrevivir para contarlo,  responde a esta pregunta: “Cuando arreció la persecución, mis padres y mis hermanos quisieron que las mujeres estuviéramos a salvo, porque la saña era aun mayor contra las mujeres. Un pastor, amigo de mi familia, ofreció un pequeño baño que tenía en su casa. Allí estuve junto a otras seis mujeres mientras transcurrieron los cien días del holocausto. La puerta del baño se tapó con un ropero, así se atenuaban los ruidos y se protegía el escondite. Un par de veces por semana, el pastor abría esa puerta y entregaba las “migajas” de alimentos
que había conseguido”.

Se escuchan voces 

¿Immaculée, dónde está Immaculée, dónde está Immaculée?
Immaculée reconoce esa voz. Era la voz de su vecino, el papá de los chicos con los que había jugado durante toda su infancia, el mismo que había matado a sus padres y que había descuartizado a machetazos a sus hermanos.

Sin embargo ella es muy clara cuando, con una sencillez que desarma, nos dice:

“No vine a hablar del genocidio si no de la necesidad de vivir en paz. Salí de ese baño dispuesta a perdonar no para hacer prisioneros. Salí enferma del cuerpo, pesaba 29 kilos, pero no del corazón”.
Estas sinceras y cálidas palabras pronunciadas al comienzo de nuestra charla fueron refrendadas con su propia vida. Ella visitó al asesino de su familia, ella pudo perdonarlo.

Algo pasa

Mientras Immaculée habla, algo pasa en mi interior, siento ese cambio en el corazón, la necesidad de perdonar, de pasar por alto las pequeñeces de cada día, de superar peleas familiares y desencuentros con colegas.

Un paso más: también vienen a mi memoria las guerras que hemos padecido como país en los últimos cuarenta años. Pienso en el enfrentamiento fratricida de los años setenta, en la guerra de Malvinas… por ahí también llegan algunos cambios a mi corazón, y me pregunto de qué sirve esta venganza continuada. Otra vez hay divisiones que alcanzan al seno de las familias.

Premeditadamente o no, los organizadores de la visita al país de esta sobreviviente tuvieron en cuenta la necesidad de que hubiera una bajada local de ese proceso de paz interior y exterior. Lo hicieron de manera positiva, mirando hacia adelante, ¿cómo?

ENTRE PERIODISTAS

– Antes de hacer tu pregunta dijiste que al leer el libro de Immaculée habías experimentado una necesidad fuerte de perdonar, ¿te puedo preguntar cuál era? – Sí, hace años que estaba distanciada de mi padre. Ahora, que estoy próxima a recibirme, mi padre quiere venir al acto de graduación y yo no quería, no quería verlo. Después de leer el libro, nos estamos viendo. Estoy segura de que vendrá a mi graduación.

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En Buenos Aires hubo tres presentaciones. En cada una de ellas se incluyó algún gesto que promoviera esa convivencia, esa necesidad de vivir en paz. La verdad y la justicia son cimiento para la paz. Concretamente, la presencia del cura villero, el Padre Pepe, en el colegio San Juan el Precursor o el coro del colegio El Buen Consejo en La Usina del Arte, podrían contribuir a que esa movilización interior no quedaran limitada a una experiencia sensible.

Pero volvamos a la entrevista:

SV| ¿Cuáles fueron los medios que se pusieron o se están poniendo para la reconciliación y reconstrucción del país?

perdon 2“Ruanda es un país muy pobre, aunque rico en posibilidades. No tenemos internet, hay muy pocas computadoras, están llegando los celulares. Esa pobreza nos hace ricos en el diálogo, nosotros lo que tenemos es la palabra. La pobreza ayuda. Hay un gran valor en el diálogo y hablando se resuelven los problemas. Es algo muy hermoso, en serio.

Ese diálogo comienza en los líderes del país, los líderes políticos y los religiosos. Y el planteo es muy pragmático. Hay dos caminos, el de la guerra y el de la paz, el primero ya lo transitamos… probemos con el segundo. Hay algo de sentido del humor. No perdonar es un placer que dura un momento. En cambio, perdonar duele pero si perdono, podemos trabajar juntos. Si no perdonamos, si no trabajamos juntos, el país se viene abajo.

SV| ¿Qué lugar ocupa la familia en la construcción de la paz?
II| Absoluto, la estructura familiar es muy fuerte en Ruanda y es la que sostiene y contiene. Existe el diálogo entre padres e hijos. La casa, el techo es el símbolo de familia. No vas a ver a un chico en la calle porque, si vemos un chico en la calle, lo invitamos a entrar, se lo nutre, se lo incluye.

La falta de esos medios de comunicación de los que hablaba contribuye a la comunicación familiar. Nos reunimos bajo el mismo techo y hablamos de lo que nos pasó en el día, se comparten experiencias y sentimientos. Los padres son los que educan.

Cuando queremos decir que alguien es fantástico decimos “es una madre”. Esa es la figura más fuerte de la familia que tenemos y la aplicamos en todos los niveles. También podemos decirlo de un gobernante. De nuevo, recuerdo algo que leí en su libro. Cuando va por primera vez al colegio, la maestra toma lista separando por tribus. Ella no conoce a qué tribu pertenece. Así la educaron sus padres, los niños eran amigos independientemente de su origen. La maestra la reta y ella sale corriendo del aula. Pasa todo el día llorando y esperando a que su hermano salga de la escuela para preguntarle a qué tribu pertenecen. Tampoco él lo sabe. Para sus padres no había razas, había personas, había hermanos.

Pregunta una periodista que trabaja para un medio de la comunidad judía:

¿Pensás que se aprendieron las lecciones de la Shoá?, ¿conocés sobrevivientes del Holocausto?
II| “Esta mañana estuve en el Museo  del Holocausto. Pero, en realidad, nosotros no sabíamos lo que pasaba en el mundo, vivíamos aislados. A los que tramaron este genocidio no les interesaba que conociéramos lo que había ocurrido porque hubiéramos descubierto lo que estaban haciendo. Pero ellos no querían que
hiciéramos nada por evitarlo. Las lecciones se aprendieron pero no todas. La gente tiene que saber, es necesario que podamos compartir los sentimientos y las  experiencias.

SV|¿Cómo te sentís ahora que tenés una fundación que ayuda a los hijos de las víctimas del genocidio en Ruanda? Estás llegando a miles de personas.
II| Sí, estamos viviendo un resurgimiento increíble, no hay personas en la calle, hablamos, podemos ayudar. Pero intento que no llegue sólo a los hijos de mi país si no a toda víctima de las guerras que hay en este momento en tantos países. Y sentís que cuando ayudaste a 1000, hay un millón que te está esperando.

“Esa pobreza nos hace ricos en el diálogo,
nosotros lo que tenemos es la palabra.
La pobreza ayuda”.

Nos queda una pregunta, es aquella de la cual Immaculée necesita hablar.

SV|¿Cómo es, cómo vivís el proceso del perdón?
II| Puedo contarte mi experiencia. El proceso del perdón lleva tiempo, especialmente cuando -como yo siento- uno es muy terco. A veces, ante el dolor hay un deseo grande de hacer daño de venganza. Cuando me refugiaron en ese baño, mi padre me entregó su rosario, yo no lo usaba. Sólo quería salir de allí para ser un soldado, sin embargo empecé a rezar. Necesité reflexionar mucho acerca del amor que Dios tiene conmigo, de su fidelidad. Con la cabeza comprendía que tenía que perdonar pero no podía y no quería mentir a Dios. Así, seguí rezando y buscando una solución hasta que la encontré en las palabras de Jesús en la cruz. La voz de Dios siempre te da fuerza y te lleva al bien, cuando es el amor el que habla, pensás en el amor que te dice: “Ama y haz lo que quieras”. Si algo es distinto del amor, claramente no es de Dios, no lo hagas, no hagas nada que no sea amor. El perdón es el don con el que sales adelante.

Puedes reconocer la necesidad de cambiar. Cambiamos, podemos evolucionar. El amor perdona y volvemos a ser amigos. Vemos aquello que cada uno ha sentido y lo compartimos. Un solo acto bueno es algo impresionante, es algo que no se compra ni se vende. Cada uno tiene ese pequeño poder de cambiar algo.

 

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