¿Para qué tenemos dos oídos y una boca?

 

En la comunicación con los adolescentes necesitamos dos oídos y una boca porque nuestra mejor actitud es la escucha. ¡Nada fácil!

Clara Naón, docente y orientadora familiar – claranaon@gmail.com

E s más importante escuchar que hablar, para eso Dios nos dio dos oídos y una boca. Aunque, en realidad, no basta con escuchar sólo con los oídos sino que necesitamos poner nuestros cinco sentidos: mirando las señales de la comunicación no verbal, oliendo, palpando… A lo mejor no voy a necesitar el sentido del gusto…, pero muchas veces se requerirá de un  SEXTO sentido o intuición que nos avisa: «es el momento de buscar un clima y un lugar más adecuados para ‘escuchar'».

Muchas veces me pregunto por qué será que justo cuando estoy ocupada vienen mis hijos adolescentes a plantearme cuestiones o a «informarme» de algo importante, y lo hacen como a la pasada, modulando poco. También, me mandan anticipos o señales esperando que yo descifre qué les está pasando o sencillamente qué pasa, cuál es el plan… Es como si quisieran decirme algo pero no se animan.

Entonces entro en el mundo de las suposiciones. Supongo que se sienten inseguros por lo que me van a decir, o que no se atreven porque no saben cuál va a ser mi reacción, tal vez intentan un sí y van tanteando con palabras sueltas.

Puedo afirmar que es muy difícil ser adolescente pero cada vez me convenzo más de que ser padre de uno o más adolescentes y no saber cómo comunicarse con él no es ¡nada fácil!

 

  Actitud de escucha

Para escuchar necesitamos silencio: tanto exterior, sin pantallas ni ruidos; como interior en cada uno de nosotros. Esto supone no interrumpir ni estar pensando “qué le digo”, “qué le aconsejo”, “yo qué haría” o “ya sé lo que me vas a decir”; sino escuchar de verdad con el corazón aunque, más de una vez, no estemos de acuerdo con lo que nos dicen o con lo que, por nuestra actitud, tal vez escuchamos.

Los adolescentes nos interpelan, sí, pero las intenciones suelen ser de lo más variadas. Por ejemplo, necesitan saber qué pensamos o qué opinamos respecto del tema, de su propuesta. Sin embargo como también es necesario que se escuchen a sí mismos, si los dejamos hablar en voz alta pueden ir clarificando su pensamiento. Tal vez necesitarán que les hagamos alguna pregunta que los ayude a pensar, pero en esos momentos no necesitarán nuestra receta o consejo, y mucho menos nuestro juicio.

Muchas veces nos interpelan
porque necesitan saber qué pensamos
y qué opinamos,
pero también es necesario
que se escuchen a sí mismos.

 

Comunicación=Confianza

La confianza es la base de una verdadera y buena comunicación. Nuestra disponibilidad para la escucha contribuye a lograrla. Les genera una gran confianza saber que pueden contar con nosotros en el momento en que nos necesitan.

«Siempre listos» como los boy scouts, porque las charlas más profundas se dan en los momentos más inesperados y empiezan con temas triviales. Pero si les damos, tiempo, aire y espacio se llega al fondo de sus preocupaciones e intereses.

Algunas circunstancias que ayudan al acercamiento son los viajes en auto cuando estamos disponibles para un «te llevo», las caminatas, la cocina, salir de compras, ya que ellos quieren que estemos atentos pero a su vez no tanto. Por eso es bueno encontrar este tipo de actividades y momentos en que tenemos que hacer algo que “aparentemente” los saca un poco de nuestra atención.

 

Los miedos entorpecen la escucha

Si somos sinceros vamos a reconocer que solemos ser nosotros los que no nos “animamos” a escuchar. El especialista en comunicación, Juan Pablo Berra, en su libro: Con los adolescentes ¿quién se anima? nombra algunos miedos que entorpecen la escucha.

Miedo a la verdad. Muchos padres no quieren que sus hijos les cuenten aquellas cosas que no serían capaces de tolerar mental o emocionalmente. Frases como “Si lo vas a hacer prefiero no enterarme”, reflejan este temor. Actitudes de este tipo no sólo nos quitan la posibilidad de aprender, sino que nos privan de conocer lo que sienten nuestros hijos. “Miedo al conflicto con sus hijos. No quieren pelearse… Admiten cualquier cosa, pero que transcurra en paz. Esta actitud no deja espacio para el juicio crítico que, de este modo, está ausente en los padres y en los hijos. Este miedo al conflicto puede ser un modo particular de negación

Miedo al rechazo. Así como un hijo tiene temor de que sus padres no lo quieran, lo mismo les sucede a muchos padres que temen que sus hijos pierdan el aprecio que sienten por ellos. Actúan en función de la aprobación o desaprobación que recibimos de ellos.

Miedo a la pérdida de autoridad y miedo a la intimidad. Esto se debe a un falso pudor: no pueden intimar con sus hijos porque frecuentemente carecen de intimidad con ellos mismos y con sus parejas, y les cuesta crecer en este aspecto”.

Estos miedos, que seguramente todos experimentamos, impiden que tengamos una apertura de corazón a la palabra del otro. Y lo lamentable es que «lo no dicho/ no hablado» se hace una bola cada vez más gigante, por eso un paso muy importante es reconocerlos y afrontarlos para poder superarlos y no patearlos para adelante por comodidad o inseguridad.

 

El momento de hablar

El título nombra dos oídos pero también una boca y es porque después de escuchar y comprender la situación podremos hablar… Y habrá hacerlo, pero según lo que mi hijo adolescente necesite escuchar y no -necesariamente- lo que yo había pensado decir.

Quizás sea sólo una palabra de aliento o un consejo, porque él o ella me lo pidió, o un límite porque lo necesita; pero si no hubo una escucha previa, no me voy a poder dar cuenta de cuál es esa necesidad. En cambio, de esta manera, mi palabra sí será una palabra desde el amor que le tengo como padre que quiere lo mejor para su hijo.

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