DERECHOS HUMANOS

Hilda Molina

Muertes, espionaje, inseguridad, es el contexto en el cual nos toca vivir. Una vez más es la doctora Hilda Molina, destacada científica cubana, quien nos ayuda a pensar desde su dura experiencia.

MARÍA LESCANO| PERIODISTA | MARIALESCAN@YAHOO.COM.AR

derechos humanos

Cuba hoy es noticia, las negociaciones con Estados Unidos, países considerados irreconciliables enemigos, vuelven de nuevo al primer plano.

derechos humanos 1A fin de año, la neurocirujana Hilda Molina, que llegó a nuestro país en circunstancias muy difíciles, cuando la  presión  internacional logró que fuera casi expulsada por el régimen al que en su adolescencia eligió servir, fue declarada Personalidad  Destacada de la Ciudad de Buenos Aires en el ámbito de los Derechos Humanos.

Produce escalofríos escuchar y releer el mensaje que dirigió la doctora en esa ocasión. Por momentos se siente que estamos en la misma senda; ella no deja de advertirnos acerca de las similitudes entre una nación y otra.

Los derechos de su infancia

Sentada en el regazo de mi madre, escuché por primera vez hablar de derechos humanos.

Ella me explicó que señores importantes de muchos países habían aprobado en la capital de Francia, un documento destinado a proteger los derechos que Dios concedía a todos sus hijos al crearnos libres. Se refería a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada en París por la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 10 de diciembre de 1948, en el contexto inmediato a la hecatombe bélica de 1939-1945; y que se proponía salvaguardar la dignidad humana frente a toda barbarie.

Mi madre fue narrándome, como un cuento infantil, el contenido de esta declaración, con la esperanza de aliviar mis tempranas preocupaciones por la pobreza, las injusticias y las inequidades.

Con apenas catorce años, yo era dueña de una personalidad adulta y de un hermoso proyecto de vida: ejercer la Medicina al servicio de los pobres y desvalidos.

Pero sin siquiera presentirlo, me sorprendió el acontecimiento que cambiaría radicalmente la vida de mi Patria y mi propia vida. El primero de enero de 1959, Fidel Castro llegaba al poder prometiéndonos ‘una revolución democrática y humanitaria’. Tenía yo entonces quince años.

Al servicio de la revolución

Considero que si me distinguen por mi humilde desempeño en defensa de los Derechos Humanos, es oportuno que una vez más reconozca el error que implica haberme mantenido durante treinta y cinco años, precisamente junto a un régimen violador de los Derechos Humanos.

Reconozco que aunque no fui responsable directa, colaboré con el drama nacional, aun desconociendo muchos de los terribles hechos que se sucedieron. Tanto los que permanecimos al interior de ese proceso como los que huyeron y huyen sin enfrentarlo, hemos sido sus víctimas pero en alguna medida también sus cómplices, al permitir que nos roben la Patria.…

Millones de cubanos, entre ellos yo, contemplamos atónitos y aterrados pero al mismo tiempo también avalamos con nuestro silencio o con nuestras protestas tímidas e ineficaces. Y no es mi objetivo que esta muestra que les presento sobre el infortunio de mi país se constituya en una crítica a Fidel Castro y a su dictadura, sino en un reconocimiento de mis propios errores.

Víctima y cómplice

Comienzo destacando que la longeva dictadura aún vigente en Cuba, ha librado una guerra implacable contra el ser humano inerme. Cinco generaciones de cubanos, entre los que me incluyo, hemos permitido que nos controlen hasta los aspectos más íntimos de nuestras vidas. Hemos permitido que regulen cómo debemos pensar, sentir, hablar, leer, estudiar, comer, sufrir, festejar, estar alegres, curarnos, y hasta morir.

Las consecuencias de semejante experimento bio-psico-social son evidentes: nuestra esencia como personas humanas ha sido quebrantada, nos han provocado un daño antropológico, que a su vez implica un daño del tejido social de dimensiones difíciles de definir.

He sido víctima y en cierta medida cómplice silente de un régimen que destruyó a la institución familiar; y que se empeñó afanosamente en transmutar la histórica devoción de los cubanos por sus familias, en un culto ciego al Estado.

En Cuba, país históricamente católico, el régimen de Fidel Castro persiguió con saña durante años a las religiones y a los religiosos. Es cierto que desde mi condición de revolucionaria cuestioné una y otra vez la violación de este elemental derecho, pero es cierto también que no apoyé con firmeza a los religiosos, entre ellos mi madre, cuando eran perseguidos, discriminados y torturados, sólo por defender su fe.

Reconozco con pesar que no luché contra los intentos de ese régimen por desterrar a Dios del noble corazón del pueblo cubano: y me arrepiento de haberme alejado durante veinte años de la Iglesia que me acunó desde mi nacimiento. z

Acompañé a una dictadura

Durante doce mil ochocientos días me mantuve al interior de un régimen que convirtió a las mujeres en víctimas indefensas de violencia psicológica ejercida desde el poder. Cinco generaciones de cubanas hemos sido testigos y protagonistas sufrientes de la constante lejanía de nuestros seres queridos; y hemos perdido momentos irrepetibles de la vida de nuestros hijos por cumplir las inútiles tareas de una falsa revolución que estafó nuestros más  preciados sueños de juventud. Estas generaciones de cubanas, que
trabajamos en pos de una Cuba más justa, lloramos al ver cómo un gobierno unipersonal e inapelable, ha homologado en la menesterosidad a nuestros descendientes inteligentes y honestos, mientras los ineptos ricos del poder exhiben su ilícita e insultante superioridad económica. Y no conforme con semejante injusticia, ha decretado además una variante de “Apartheid Étnico”, al convertir a mi Patria en una “Cuba para los Extranjeros”.

Reconozco ante ustedes, mis amigos argentinos, que ese régimen en el que deposité mi confianza, contribuyó a abrir muchas de las heridas que aún sangran en América Latina, pues al tiempo que sembraba de guerrillas los países de esta región, brindaba su eficaz apoyo a las dictaduras militares de esos mismos países, para evitar que tales dictaduras fueran condenadas en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU.

Confieso mi error y mi responsabilidad por el apoyo consciente o inconsciente que brindé a una dictadura que ha provocado en mi país una profunda involución política, económica, social, moral, ética, cívica, espiritual, antropológica, demográfica, medioambiental y tecnológica.

La decepción

Desde mi decepción definitiva en 1981, un solo lazo me unía a ese proceso: brindar mis servicios médicos a los enfermos cubanos. Ese lazo fue roto por los jefes de la prometida “Revolución de los humildes”, cuando decretaron que mis compatriotas serían desalojados del importante Centro que con la ayuda de los neurocientíficos del mundo yo había creado para ellos; y que esa institución sería destinada únicamente a extranjeros que pagaban en dólares.

Tomé entonces la decisión de renunciar dentro de Cuba, no por razones políticas sino por motivos incuestionablemente éticos. (…) Sabía los riesgos implícitos en esta decisión, pero prefería exponerme a cualquier peligro antes que convertirme en cómplice de lo que consideraba un crimen de lesa Patria.

Una vida difícil

Gracias a mi vida difícil y compleja, aprendí la importancia del perdón, de pedirlo y de concederlo. No ha sido necesario que yo perdone a Fidel Castro y a su dictadura por el mal que nos infligieron a mi familia y a mí, porque he tratado siempre de ser inaccesible al mal y de olvidar las agresiones tan pronto las recibo, lo que equivale a no recordarlas y por ende a perdonarlas del todo. Gracias a Dios, ni el odio ni los deseos de venganza han invadido mi corazón; estoy segura de que si esos negros sentimientos me dominaran, yo sería hoy una discípula aventajada de Fidel Castro y de su doctrina de odio.

Pedí perdón a mi madre por las lágrimas que le hice derramar cuando torcí mi camino, por no atender a sus consejos; y por no seguir su ejemplo de lucha permanente en defensa de las libertades y los derechos.

Aprendí

Aprendí que los Derechos Humanos no se derivan de entidades ajenas al ser humano, sino de… su dignidad intrínseca e inalienable. Que los  derechos y las libertades no son patrimonio ni de ideologías ni de políticas.

Que los derechos y las libertades son condiciones inherentes a la propia naturaleza humana; y que por tanto, ni se conceden ni se usurpan, se reconocen y se respetan.

Aprendí a desconfiar de:
•  Gobiernos que lejos de reconocer y respetar los derechos innatos de sus ciudadanos, los conculcan en nombre de la ley y con los instrumentos que deben usar para protegerlos.
•  Personajes “iluminados” que se proclaman dueños de la única verdad, de esos “mesías” contemporáneos, que aprovechándose de la pobreza generada por el egoísmo humano y social, engañan a los pobres con falsas promesas, multiplican la pobreza de manera exponencial; y sobre esa pobreza multiplicada, erigen sus propios imperios en beneficio exclusivo de sus intereses personales.
•  Los que considerándose dueños absolutos de los Derechos Humanos, han convertido estos derechos en negocios privados; y se dedican a  defender sólo algunos derechos específicos que conciernen a sus propios intereses, al tiempo que violan otros y apoyan a dictaduras violadoras consuetudinarias de todos los derechos.
•  Todos los que dicen defender los Derechos Humanos pero hacen su supuesta defensa desde discursos absolutamente incongruentes con sus vidas.
•  Los que dicen defender los Derechos Humanos pero lo hacen desde el odio, porque ninguna misión fundamentada en el odio puede resultar beneficiosa al género humano.

Aprendí que los pueblos son los verdaderos protagonistas de la vida de las naciones y de los cambios sanadores que estas necesitan. Urge entonces, no tanto que las personas consideradas importantes se hablen unas a las otras, sino que todos nos esforcemos por llevar directamente a nuestros conciudadanos, mensajes constructivos que los ayuden a crecer en valores y a vivir en dignidad.

Yo vengo de una tierra cautiva. Me duele el dolor de mi Patria pero he transformado este dolor en voluntad para continuar luchando y trabajando por mi último proyecto de vida, el que ajeno a toda política, está cimentado en la defensa de los tres pilares fundamentales de las sociedades civilizadas: la Familia, la Libertad y los Derechos Humanos y la Doctrina del Amor. Porque estoy convencida de que este universo en que vivimos necesita no tanto de acciones heroicas excepcionales, sino de que todos nos esforcemos en pos de legar a nuestros descendientes un mundo más habitable.


HILDA MOLINA
Nació en Camagüey, Cuba, el 2 de mayo de 1943.

Doctora en Medicina por la Universidad de La Habana.ÇEspecialista de Primero y Segundo Grado en Neurocirugía, graduada con honores.
Primera mujer graduada en Cuba como neurocirujana con tesis de grado.
Se especializó además en restauración neurológica.
Investigadora titular de la Academia de Ciencias y miembro del Consejo Científico Asesor del Ministerio de Salud Pública.
Cumplió misión médica humanitaria como neurocirujana en Mostaganem, Argelia, desde diciembre de 1980 hasta enero de 1983.

Con la ayuda de los más reconocidos neurocientíficos del mundo, introdujo tempranamente en su país los avances logrados por la comunidad científica internacional en el nuevo campo de la restauración neurológica; y creó en Cuba el Centro Internacional de Restauración Neurológica (CIREN), institución de la cual fue diseñadora, creadora, fundadora y directora. Recibió las máximas condecoraciones que se otorgan en Cuba a los científicos y a las mujeres destacadas.
Fue diputada al Parlamento Cubano en 1993.

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HILDA MOLINA II
En el año 1994 renunció a todo lo que la vinculaba al régimen cubano, en protesta por la decisión del gobierno de convertir al centro fundado y dirigido por ella, en una institución exclusiva para enfermos extranjeros, con la consiguiente discriminación de los pacientes cubanos.
También, devolvió todas las condecoraciones.
Como represalia por su renuncia y por su labor disidente, fue sometida a vigilancia, acciones represivas y agresiones.
Además, Fidel Castro personalmente la condenó sin juzgarla a permanecer confinada por la fuerza en Cuba, prohibiéndole viajar para reencontrarse con su único hijo y su nuera y para conocer a sus nietos.
En junio de 2009, después de más de quince años y gracias a gestiones de personalidades y gobiernos de diferentes países, en especial de la Iglesia católica, pudo viajar a la Argentina.

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HILDA MOLINA III
Publicó su libro “Mi verdad” (Editorial Planeta)
2012: Creó la asociación civil “Crecer en Libertad”, organización que preside.
Objetivos: Promoción del perdón y de la paz; y la defensa de los tres pilares básicos de toda sociedad civilizada: la institución familiar, la libertad y la doctrina del amor (como antítesis del odio institucionalizado)
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