crecer lejos de casa

CRECER LEJOS DE CASA

En familia

[Testimonio]

Nos gustó muchísimo escribir esta nota. Digo “nos” porque Philippe me daba sus opiniones y sus ideas. En definitiva lo hicimos juntos… gracias por darnos la oportunidad.

 

Valentina Sonzini Astudillo de Laxague | Suscriptora | valentina.sonzini@gmail.com

 

N   uestro primer destino fue Francia. Era mi oportunidad para conocer esa cultura que forma parte de la personalidad de mi marido, un auténtico franco-argentino, 100% francés y 100% argentino. El segundo fue Brasil. Sentíamos que pasábamos de un extremo al otro: del frío al calor, de Europa a América Latina, de la ciudad a la playa, de la seriedad a la alegría, de la formalidad agobiante a la informalidad desmesurada.

Pero no nos imaginábamos que el mundo presentara extremos mucho más profundos que la simple diferencia en la forma de vestir, de hablar, de trabajar o de relacionarse.

 Irán  
Hoy vivimos en Teherán con nuestros cuatro hijos que ya tienen 11, 9, 7 y 4 años.
Mientras tomábamos la decisión de aceptar esta propuesta laboral en la República Islámica de Irán, pensaba que -hasta ahora- nuestra vida había sido simple, que adaptarse a países con una cultura occidental, latina y de origen cristiano era nada comparado con el cambio al que sentía que íbamos a someternos. Ese era mi temor.crecer lejos de casa

Nuestras familias temían otra cosa. Como para cualquier padre, madre, abuelo, hermano… Irán representa dos cosas muy preocupantes: la lejanía y la guerra.

Sin embargo, descubrimos que la imagen que tenemos en Occidente de Irán es muy distinta a la realidad. La antigua Persia es un país de hombres y mujeres culturalmente excepcionales.

Mi temor al fracaso en la adaptación a una cultura tan diferente se convirtió en un gran descubrimiento. Comprendí la riqueza maravillosa del ser humano que es siempre el mismo en cualquier lugar y en cualquier época. Más allá de sus accidentes, la esencia de este “ser” creado a imagen y semejanza de Dios es apasionante.

COMPRENDÍ LA RIQUEZA MARAVILLOSA DEL
SER HUMANO
QUE ES SIEMPRE EL MISMO EN

CUALQUIER LUGAR Y EN CUALQUIER ÉPOCA

 Valorar y amar  
Convivir con personas culturalmente tan distintas me enseña a amar más, a valorar a cada hombre y a cada mujer del mundo como una obra única y preciosa.

Comprendí que podemos conocer los paisajes más deslumbrantes, los castillos más grandiosos, los cielos más azules, los mares más hermosos, los monumentos y obras de arte más interesantes del mundo, pero lo que en realidad nos llevamos de cada lugar o país que conocemos son los momentos pasados con los hombres y mujeres que encontramos.

 La riqueza de los pueblos  
Estoy convencida de que la principal riqueza de un pueblo son las personas que lo forman y el patrimonio cultural que ellos mismos portan. La identidad cultural de cada pueblo, sus tradiciones y sus valores, son un bastión que ninguna guerra ni desastre natural puede destruir.

Conocimos comunidades como los cristianos asirios y los cristianos armenios que forman una minoría muy pequeña, el 1% en este país. Ellos, a través de las generaciones, conservaron su identidad y su fe conviviendo durante siglos con el Islam, sin tener tierras propias, habiendo sufrido el genocidio armenio y siendo muchas veces despreciados.

Creamos lazos muy fuertes de amistad con la pequeña comunidad asiria de Teherán. Las vivencias dolorosas muchas veces nos ayudan a crecer y a crear una unión más sólida con las personas que nos acompañan en esos momentos.

 Un dolor en familia  
Cuando llegamos a Teherán estábamos esperando nuestro quinto hijo. Perdimos este bebe a la mitad del embarazo, fue una pérdida muy dolorosa, nos encontrábamos solos en un país desconocido.

Al mismo tiempo, fue muy emocionante sentir la cercanía y la presencia de nuestras familias y amigos que desde Argentina, Francia y Brasil nos acompañaban.

Esta vida nómade nos
llevó a caer rendidos
ante el otro y decirnos
“te necesito”

También recibimos el dulcísimo sostén que nos dieron los iraníes, cristianos o musulmanes, que nos acompañaban físicamente más cerca. El médico, las enfermeras y toda la comunidad asiria que nos llenó de mimos y atenciones.

En la comunidad franco-iraní del colegio de nuestros hijos encontramos verdaderos amigos que nos deslumbran cada día con su sentido de la solidaridad y su madurez para la vida en comunidad basada en el respeto al otro.

Aprendemos mucho cada día de todas estas personas y familias tan diferentes.

 En nosotros  
Philippe y yo estamos realmente agradecidos por cada cosa que nos sucedió en la vida, también por las dificultades y dolores compartidos. Estas vivencias únicas en nuestra pequeña intimidad nos unieron como matrimonio y como familia. Aprendimos a salir de nosotros mismos y a mostrarnos al otro tal como somos. Las mudanzas nos enseñaron a mirar un poco más allá, a no ahogarnos en el estrés del momento. Esta vida nómade que llevamos nos obligó a salir del confort de la rutina y la vida ordenada para caer rendidos ante el otro y decirnos, aunque no siempre con palabras, “te necesito”.

 En los chicos  
crecer lejos de casa 1Es apasionante también observar cómo crecen nuestros hijos. Ellos, como todos los niños, gozan de una capacidad de adaptación mayor que la nuestra.

Sin duda, haber vivido sus cortas vidas en países extranjeros y distintos modeló sus personalidades.

Observamos en ellos una gran simplicidad para relacionarse con las personas. Y al igual que a nosotros, a ellos también les atraen más las personas que las cosas. Ellos crecieron observando con naturalidad que los otros niños pueden vestirse de formas distintas, hablar distintos idiomas, tener distintos credos o distinto color de piel, pero que finalmente siempre  se puede ser amigo y jugar con ese niño como si no hubiera diferencias.

En sus infantiles mentes los temas como la moda no tienen demasiada importancia porque son cosas que cambian tanto de un ambiente al otro que finalmente no pueden ser valiosas.
Tienen un gran interés por los idiomas, la geografía y las historias de cada país, porque tuvieron que conocer montañas, mares y bosques, donde había diferentes historias que aprender para comprender a su gente.

 La nostalgia  
Por otro lado, existe en ellos una cierta nostalgia. Para nuestros hijos el paraíso terrenal tiene un nombre: Argentina. No sólo porque cuando vuelven es en vacaciones y no paran de jugar crecer lejos de casa 2con sus primos, sino también porque en Argentina se sienten parte, sienten que pertenecen. Ya no son extranjeros y eso lo valoran mucho.

Todos estos años de expatriación hicimos grandes esfuerzos con Philippe para inculcarles el amor a la Patria. Tratando de volver para visitar a la familia, teniendo siempre una bandera azul y blanca decorando sus cuartos, hablándoles de nuestra infancia, despertando el gusto por las pequeñas cosas que nos identifican como el mate y el folklore.

A veces nos preguntamos si fue correcto o errado ya que sentimos ese pequeño dolor que produce la nostalgia en el corazón de nuestros hijos. Tal vez sin quererlo desarrollamos en ellos un sentimiento de destierro.

Sin embargo, creemos que el vacío que produce la falta de identidad y de pertenencia es peor, ya que conducen a la soledad. Es ese el principal riesgo de una expatriación prolongada. Pero hemos luchado, casi instintivamente, para no privar a nuestros hijos de eso que nosotros tuvimos: una identidad argentina.

Sentimos que nuestra pequeña historia familiar de expatriación es, como la vida misma, una permanente búsqueda del hogar. Porque hace más de ocho años que estamos “volviendo a casa”.

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