CON UN OBJETIVO COMÚN

papá y mamá

Cuando mamá y papá no viven juntos, la tarea de educar hijos felices afronta nuevas dificultades. Obviamente se necesita que ambos compartan la meta.

Soledad Salaberri y Josefina Aragón

 

L a educación de los hijos no es fácil para nadie. Se requiere una cuota importante de respeto y consideración por el padre o madre de sus hijos, más allá de que la pareja no haya  funcionado. Lograr que los hijos sean felices deja una sana sensación de paz y armonía.

¿Esta historia comienza con peleas y malos momentos?
Me animaría a decir que no. Esta historia, como tantas otras, si dieron como fruto uno o varios hijos comenzó con unión, con amor. Las discusiones, peleas y situaciones ásperas fueron el resultado de malos entendidos de la pareja, de faltas de comunicación de las necesidades propias, etc. Y llevaron a la decisión de vivir la paternidad sin compartir el mismo techo.

Educar separados
Hay situaciones en las que mamá y papá viven separados y aunque entre ellos no se hablan comparten la misión de educar a su/sus hijos.

MUCHOS HOMBRES Y MUJERES, AUNQUE
ESTÉN SEPARADOS, HACEN UN GRAN ESFUERZO
POR EDUCAR JUNTOS. y ESTO ES VALORADO POR
LOS HIJOS, LOS AYUDA Y LOS AYUDA A CRECER

Muchos hombres y mujeres en esta situación hacen un esfuerzo titánico por educar juntos. Y esto es percibido por los hijos, es valorado por ellos, los ayuda a crecer.

¿Es fácil lograr que esta relación sea armónica? Claramente no. Implica mucho trabajo, pero no es imposible. Ambos se han querido, hubo pasión, quizás siga existiendo atracción física entre ellos. Aunque se lastimaron, quizás se agredieron y hasta pelearon por la tenencia de los hijos, hay  emociones  fuertes que van y vienen en esta relación: erotismo, cariño, ternura, alegría, odio, desesperación, tristeza, miedo…

¿Por dónde comenzar?
Lo primero, más importante y –tal vez- más difícil es lograr volcar la mirada hacia el hijo, que es chico y no tiene culpa ni responsabilidad en nada de lo que le está pasando. Por eso, al encarar la educación habrá que dejar de mirar los problemas propios.

Seguramente ambos, por separado, anhelan la felicidad de su hijo. Entonces uno tendrá la valentía de dar un paso que, tal vez, sorprende al otro, para dar lugar a que este gesto de amor a los hijos se replique. Después hay que animarse a perdonar. No olvidar. Los seres humanos tenemos memoria y no contamos, lamentablemente, con un mecanismo para descartar lo que nos hace mal.

¿Cuándo es sincero el perdón? Cuando se entiende cuánto daña a los hijos ver que mamá y papá mutuamente se hieren. Ahí “cae la ficha” de la contradicción, aun queriendo la felicidad de los hijos, no dejan de atentar contra esta.

¿Cómo educar juntos?
Generar nuevos acuerdos es un buen punto de partida, por ejemplo la definición de algunas normas básicas que se respetan por igual en ambas casas: lavarse los dientes antes de dormir, comer sin ver tele, pedir permiso para arreglar una salida con amigos, mandar un mensaje cuando llegaron a otro lugar.

El afecto de los hijos va más allá de los regalos o las vacaciones que puedan organizarles, es una cuestión de actitud, de comprender que como papá o mamá, tu lugar es irreemplazable; entonces, lo importante será la forma de estar y ser con ellos. Carece de sentido c ompetir. Como los chicos necesitan conocer que existe un respeto entre ambos, lo primero será hablar bien del otro frente a los hijos. Para hablar bien, primero se necesita
ver lo que el otro hace bien.

Entre los comentarios más frecuentes y más dañinos se escuchan: “Tu papá siempre se borra, total yo estoy acá”, “Y si yo no pongo la plata, vos no comés, tu mamá no hace nada”. Ellos los siguen queriendo a ambos y les duele ver que se exalte esa visión negativa del otro.

Por último, los chicos necesitan tener claro que entre papá y mamá no existe una intención directa de estar juntos sino la decisión de encontrar los puntos en común para proyectar el bien de sus hijos.

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