¿Cómo me banco las vacaciones?

 

Buscamos independizarnos para divertirnos entre amigos y ganar más libertad. Pero, ¿cómo lo lograremos si no contamos con los medios económicos?

Macarena Ramirez Schirinian |  Psicóloga

 

E s sábado a la noche, estamos reunidos con amigos antes de ir al boliche, surge el tema: las vacaciones. Nos embalamos y empezamos a proponer distintas alternativas. Buscamos independizarnos para divertirnos entre amigos y ganar libertad durante el verano.

A quienes les gusta la playa, dicen Gesell, Pinamar, La Pedrera; los aventureros plantean agarrar las mochilas e ir rumbo al sur y, los más arriesgados, quieren recorrer el norte y llegar a Machu Picchu. Otros proponen opciones diferentes, como un programa de pasantías laborales en el exterior.

Nos quedamos debatiendo un buen rato sobre cuál es la mejor propuesta; unos tratan de convencer a otros, porque la idea es ir todos juntos… cuantos más seamos, mejor. Nadie nombra los medios económicos pero al final serán decisivos.

Llega la hora de salir a bailar, con una ilusión que ya se instaló en nosotros. Pronto nos pondremos de acuerdo y decidiremos a dónde. En realidad, lo que más nos atrae es irnos juntos y solos, como jóvenes que ya somos, «independientes» de nuestros padres.

Vuelvo a mi casa, después de una noche divertida pero que no permanecerá en el recuerdo, el tema que atrajo toda mi atención es otro. Pienso en las vacaciones y la ansiedad me despega del piso.

Sigo rumiando las opciones planteadas, hasta que aparece un problema: ¿cómo voy a conseguir el dinero necesario? Si no trabajo, las cosas se complican porque tendré que salir a pedir, a convencer y a vender mi proyecto vacacional para que mis padres apoyen la iniciativa. Me voy a dormir preocupado.

 

¿Independizarnos?

En esta travesía de plantear unas vacaciones con amigos encontraremos todo tipo de padres. Están los que tienen la posibilidad económica para financiar el viaje, algunos con el sí más fácil y otros a los que no les cierra la idea.

Entonces salen al rescate esos recursos supuestamente persuasivos: los famosos “todos van”, “ya soy grande para hacerlo”, “soy responsable”, “¿no confiás en mí?”. Y, por último, es real que muchos padres, más allá de que apoyen o no la iniciativa, no cuentan con el dinero requerido o eligen no financiarnos el viaje.

 

A pesar de los kilómetros
todavía soy hermano, hijo, nieto;
lo que haga a la distancia
afectará mis relaciones más cercanas

 

A cada uno le toca un estilo de padres diferente.

Pero, yo me pregunto, ¿son sinceras esas promesas que les hacemos acerca del fin de nuestras vacaciones? ¿Valoramos su esfuerzo y generosidad cotidianos? ¿Aceptamos un “no” como respuesta?

Quizá empieza a sonar más coherente que un viaje “independiente” se financie con recursos igualmente independientes. Lo ideal es que, de todos modos, estemos de acuerdo con los padres en que el viaje vale la pena.

Recordemos que es en las pequeñas cosas de la vida cotidiana que nuestros padres podrán medir cuánto de independencia y responsabilidad hay en nosotros.

 

¿Tienen que darme todo?

Muchas veces, creemos que nuestros padres tienen el deber de velar por nuestros deseos, nuestro bienestar y nuestro descanso. Sin embargo, creo que ninguno hace esto por deber, sino por el mero placer de vernos bien. Por eso, a menudo terminan cediendo ante nuestros pedidos incansables e intentan vernos cumplir nuestros deseos.

Tantas veces exigimos cosas sin tener en cuenta el esfuerzo y la generosidad que implica para nuestros padres cumplir con nuestros requerimientos.

Así, podemos volvernos interesados y aprovechadores, olvidándonos del ingrediente fundamental de la vida: ser agradecidos. Olvidamos que su deber no es darnos todo, sino que su misión es formarnos con amor. Y olvidamos, también, que ellos tienen sus criterios y sus fundamentos para tomar determinadas decisiones que puedan no gustarnos

 

El agradecimiento no es sólo decir “gracias”
sino demostrar que sé cuidar ese regalo.
Ese regalo quizá sea la decisión
de no financiar nuestras vacaciones.

 

Ser agradecido significa reconocer al otro en su acto de entrega gratuita, valorando ese regalo desde lo más profundo, cuidándolo y demostrando que eso que me fue dado produce buenos frutos en mí.

Entonces, el agradecimiento no pasa sólo por decir “gracias” sino, principalmente, por demostrar que sé cuidar ese regalo. Ese regalo quizá sea la decisión de no financiar nuestras vacaciones. Y eso no pone en duda la generosidad de su entrega diaria hacia nosotros.

 

¿Cómo ser agradecido?

¿Qué voy a hacer en estas vacaciones? ¿Cuáles son mis deseos verdaderos? Recorrer un determinado lugar, estar con mis amigos, conocer gente nueva, salir a la noche, probar nuevas experiencias, disfrutar de una pseudolibertad sin controles, experimentar mis propios límites, moverme en un espacio alejado de adultos y de su mirada.

 

Antes de cerrar el bolso,
pregúntate con franqueza
qué buscás con el viaje

 

Quizá tenemos la suerte de pertenecer a una familia que cuenta con el ahorro para viajar en el verano. Podemos conocer, así, el esfuerzo que implica para nuestros padres reservar un dinero para descansar en familia.

Si nuestra decisión es la de un viaje paralelo (que puede ser más divertido, más tentador en algunos casos), resulta extraño que pretendamos que los fondos salgan del mismo bolsillo: el de nuestros padres.

Conseguir yo mismo el dinero me ayudará a valorar el viaje que emprenderé, tendré noción del esfuerzo que implica y seguramente será una experiencia distinta que no olvidaré fácilmente.

Probablemente, una experiencia así hará que vuelva del viaje con una nueva madurez.

 

  Cuánto gasto

El dinero, muchas veces, es el que me lleva a realizar actos que no había planeado. Tener más de lo que realmente necesito puede impulsarme a pensar que debo gastarlo: “para eso lo traje”.

Ser austero al planificar los gastos del viaje y llevar conmigo lo que podré necesitar también me ayudará a no excederme con cosas que puedan dañarme y dejar sus huellas en mí.

 

Todos, parte de todos

El irme lejos no significa
que dejo de ser quien soy.

 

El irme lejos no significa que dejo de ser quien soy. Sentirme más libre es muy bueno, porque podré demostrar a mis padres, a mis amigos, pero especialmente a mí mismo, quién soy, cuáles son mis fortalezas, mis valores, mis virtudes y, también, cuáles son mis debilidades, que intentaré mejorar cada día para ganar más autonomía.

Tendré que estar preparado para afrontar las distintas situaciones que se me presentarán, porque estaré solo y tomaré decisiones, algunas pequeñas, otras más trascendentes y, muchas, que pondrán en juego mis valores.

A pesar de los kilómetros, sigo siendo hijo, hermano, nieto; lo que yo haga allá, a la distancia, también afectará mis relaciones más cercanas. La confianza ha sido depositada en mí, es mi desafío responder a ella con verdadera responsabilidad y gratitud.

 

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