caracoles cotidianos

CARACOLES COTIDIANOS

en familia

Un día cualquiera, en la playa, mi hijo Estanislao me hizo ver la realidad. Tomate un tiempo, seguramente lo estás necesitando igual que yo.

 

Felipe Yofre | Escribano | Instructor en talleres de Protege tu Corazón | felipe@escyofre.com.ar

 

P or mi trabajo es habitual que tenga que leer mucho. A veces por mi desorden, otras sin culpa, termino llevando material a mi casa.

Un viernes a la tarde recibí una gran cantidad de documentación que tenía que estar estudiada para el lunes a primera hora. Por supuesto me la llevé para revisarla durante el fin de semana. Era verano y fuimos a una casa cerca del mar.

Madrugué para trabajar
Puse el despertador temprano y, café en mano, me entregué a la lectura. Se trataba de muchos papeles, no muy fáciles de comprender. Al rato, detrás de mí, siento una voz que me pregunta: “Papá, ¿vamos a buscar caracoles?”. Me doy vuelta, veo a mi hijo de 10 años que venía con una bolsa en la mano y una mirada que no admitía el no. A su edad, esa cantidad de papeles sólo sirven para hacer avioncitos.

Realmente tenía algo importante que hacer. Les confieso que me costó mucho no entrar en la típica excusa de “disculpame, ahora imposible” o “esperame, los buscamos otro día”.

Nos fuimos juntos
Me levanté y fuimos juntos. Él estaba yendo con su padre a un lugar donde el mar ese  día había traído “muchos caracoles” pero mezclados. Me llevó de la mano hasta el lugar. Había lindos pero también muchas tapas de mejillones que no sólo no servían para nada sino que, si las pisabas descalzo, lastimaban.

Yo estaba con la cabeza en cualquier lado y pensando cuándo iba a estar de nuevo frente a mis papeles, que eran urgentes e importantes.

Es cierto, el mar había arrastrado a la orilla cantidad de caracoles, pero mezclados con mejillones, maderas gastadas, piedras y trozos de caracoles mayores rotos.

 Yo no veía los caracoles  
Estanislao, mi hijo, enseguida empezó a encontrar caracoles lindos que metía rápidamente en la bolsa. Antes de que yo encontrara alguno, él encontraba otro. “Papá, parece que estás en otro lado. Concentrate. Esta noche las olas se van a llevar estos caracoles y traerán otros mañana. Es hoy o nunca”, me retó con
inusitada madurez.caracoles cotidianos

“Lo que pasa es que vos sos mucho más rápido que yo” traté de defenderme.

“No es eso, papá. Hay que tranquilizarse, sentarse en el piso, y mirar en un lugar, revolver despacito y vas a ver cómo empiezan a aparecer. Siempre estás apurado papá, esto tiene que hacerse despacito -repitió-. Si lo hacés apurado, te lo perdés”.

 Hice click  
Inmediatamente hice el click. Salí mentalmente de mi carpeta de trabajo, me agaché y de manera suave empecé a correr piedritas y mejillones, y los caracoles aparecieron. Encontré muchos, no le gané a Tani, pero encontré muchos más de los que pensaba. No solamente eso, sino que cada caracol encontrado daba lugar a un comentario y otro, que luego se transformó en un diálogo.

Además, al correr los mejillones despacio y suavemente, me di cuenta de que no lastimaban. Si lo hacía violentamente, sí. Incluso podían cortar. El sol empezó a picar así que nos metimos juntos al mar.

 Los caracoles cotidianos  
Mientras volvíamos encontré una semejanza con la vida matrimonial y de familia en lo que habíamos vivido con Tani.

Me suele pasar que no tengo tiempo para algo tan simple como buscar “caracoles cotidianos” porque tengo cosas importantes que ver o leer, siempre de ajenos, y me quita tiempo para compartir con mis afectos más importantes.

 

HAY QUE TRANQUILIZARSE, SENTARSE EN
EL PISO Y MIRAR EN UN LUGAR. REVOLVER
DESPACITO Y VAS A VER COMO EMPIEZAN A
APARECER

 

Y cuando estoy, muchas veces mi cabeza navega por otros rumbos. No me detengo en lo de todos los días, que puede ser tedioso, pero que invariablemente trae escondidos “caracoles” para ser guardados y apreciados entre todos. Para encontrarlos tenemos que parar un poco, es verdad, y fijar la vista de nuestro corazón para ir quitando despacio la arena.

 Quién llega a casa  
Cuántas veces seguimos de largo, nuestro cuerpo llega a casa pero nuestras mentes y corazones están lejos. No damos el tiempo, no fijamos la mirada, no acariciamos. Cuando absorbemos rápidamente lo cotidiano, no dando de nuestro tiempo a quienes más queremos y quieren “enseñarnos sus caracoles diarios” puede pasar que lastimemos y nos lastimemos.

Por el contrario, y sin darnos cuenta, cada “caracol cotidiano” nos ayuda a intercambiar comentarios e ir fortaleciendo la capilaridad afectiva.

Y esos momentos mañana no van a estar. Recordemos:
“Esta noche las olas se van a llevar estos caracoles y traerán otros mañana. Es hoy o nunca”.

 

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Una Respuesta

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  1. María Elena
    Ago 04, 2017 - 03:53 PM

    Que excelente nota!! Me emocionó hasta las lágrimas. Me lo envió mi hija que cumple 40 años y tiene hijos chicos. Yo ya con 62 vivo despacito. Gracias!!!

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