ATRAVESAMOS LA TORMENTA

Testimonio

Mónica (suscriptora)

 

  uve de esas infancias casi románticas, rosas, con música suave de fondo, en una ciudad pequeña del interior. Teníamos una casa grande y una mamá con sonrisas.

Papá trabajaba en el campo, dormía la siesta y lograba mantenernos mudos y quietos sólo con la mirada. Había hermanos de sobra para armar equipo de fútbol o jugar al bici-polo con alguna rama del cerco y bicis heredadas. No hablo de hace tanto. Podíamos almorzar la familia entera en una mesa larga todos los mediodías, y el resto de la tarde, hacer la tarea y… ¿a qué jugamos ahora? No sobraba un peso pero tampoco faltaban abrazos.

Creo que esa época tan pacífica fue una calma antes de la tormenta. Me nutrió de besos y chocolatada para enfrentar la etapa que vendría después.

 Mi primer novio  
Cuando tuve mi primer novio, mamá me dijo que todavía era muy chica y me puso “caras”. Sus caras eran más elocuentes que el mejor discurso. Sabía que algo le molestaba pero no me lo sabía decir y yo no sabía entender. Papá prefería no dejarnos salir a las mujeres y desconfiar ante la duda… No se hablaba de esas cosas.

CUANDO TUVE MI PRIMER NOVIO MAMÁ ME
DIJO QUE TODAVÍA ERA MUY CHICA Y ME PUSO
“CARAS”.SUS CARAS ERAN MAS ELOCUENTES
QUE EL MEJOR DISCURSO

Yo era de las que quería llegar virgen al matrimonio y, a pesar de haber tenido varios  noviecitos, esto lo tenía muy claro. Lo tenía… hasta que llegó “él”. Unos años más grande que yo, buen tipo, inteligente, culto, hijo de amigos de mis papás… y con gran poder de convencimiento. Me puse firme en mi postura un corto tiempo hasta que no supe manejar más la situación…

 Con 18 años  
Recién terminado el secundario quedé embarazada y a los 18 años tuve a mi hija. Esto generó una situación más triste que trágica. Tenía la noción de que no me iban a echar de casa, ni me iba a faltar qué darle de comer a mi hija. Pero la angustia calaba hondo; la impotencia y la sensación de desamparo eran inmensas.

Sabía que iba a tener que dejar la carrera que recién estaba empezando con tanto entusiasmo, que no iba a conseguir trabajo en el corto ni el mediano plazo. Sabía que había desilusionado a mis papás y, procedente de pueblo chico, sentía en la nuca la mirada acusadora y hasta burlona de mis ex compañeras de colegio, profesores y conocidos.

 Algo cambiaba para siempre  
Me sentía morir. Sabía que mi vida no se derrumbaba y que tenía suerte, en comparación con otros, por tener el apoyo de mi entorno. Sin embargo, esto cambiaba para siempre mis planes tan minuciosamente pensados y veía ya arruinada la idea del proyecto de familia que había soñado formar.

Tenía noción de que
no me iban a echar de
casa, ni me iba a faltar
qué darle de comer a mi
hija. Pero la angustia
calaba hondo.

Durante el embarazo lloré de principio a fin, pasé hambre, cansancio y angustia cada día. El amor que sentía por esa beba era tan grande como el dolor que tenía por la incertidumbre de traerla al mundo.

Cuando nació Jacinta lloré a mares. Lloré por lo que no le iba a poder dar, por no poder ser para ella enteramente madre, porque me sentía media persona.

Me sentía poca cosa, incapaz de darle lo mejor e incapaz de progresar yo misma en la vida. Nunca fue una opción, pero más de una vez me llegué a preguntar si no fue egoísta no haber evaluado que la criaran otros que pudieran ofrecerle más.

 Un paso a la vez  
Sin embargo, aunque más de una vez toqué fondo, no pude (gracias a ella) darme el lujo de quedarme un solo día en la cama compadeciéndome. Decidí dar un paso a la vez. Y para eso  fue fundamental el apoyo de mi familia. Hice un curso, un taller…, trabajé part time en negro mientras alguno me cuidaba a la gorda. En algún momento di el doloroso salto de pasar a trabajar más horas para alquilar un monoambiente.

El altísimo precio de independizarme de la casa familiar fue contratar una babysitter para que me la cuidara mientras yo estaba afuera, y ver a mi hija poquitas horas al día. Era  impensable cursar una carrera universitaria y se alejaba cada vez más la idea de salir de ese círculo vicioso.

Tuve que admitir también que carecía de dotes empresariales y de la personalidad emprendedora suficiente como para empezar algún proyecto propio.

 El amor y el apoyo  
Fue duro reconocer mis limitaciones. Me tragué el orgullo y acepté que sola nunca iba a llegar a ningún lado.

El amor y el apoyo que recibí de tanta gente fue inmenso. Incontables veces apareció mamá con una compra de supermercado y una palabra de aliento, mi hermano redondeaba para abajo y me perdonaba lo que le debía de tarjeta, mi hermana le compró la campera del colegio a su sobrina para que empezara el invierno tranquila.

Los momentos más dolorosos fueron cuando, después de acostar a Jacinta, me quedaba sola lavando los platos. Me sentía limitada, impotente, sin salida.

Una frase que no dejé de decir nunca fue: “Dios no nos da cruces que no podamos cargar”.

  Diez años después  
Hoy, diez años después de enterarme por dos rayitas que mi vida iba a cambiar para siempre, no dejo de agradecer todo lo que me tocó vivir. Hace un tiempo conocí a Tomás, mi compañero para toda la vida.

Fue como si nos hubiésemos conocido desde siempre. Con él aprendí a perdonarme, a valorarme, a disfrutar del minuto a minuto. Nos reímos y charlamos horas y horas. Todo cobra otro sentido cuando lo comparto con él y me sorprende cada día con su sabiduría.

CON EL APRENDÍ A PERDONARME, A
VALORARME, A DISFRUTAR EL MINUTO
A MINUTO. NOS REÍMOS Y CHARLAMOS
HORAS Y HORAS

 

Nos casamos y no puedo explicar con palabras la plenitud que sentí en ese momento. Cuando entré a la iglesia de la mano de Jacinta no sé cuál de las dos estaba más feliz. A juzgar por el parecido, diría que ellos dos comparten la genética. Yo doy gracias a Dios por cada momento que me hizo llegar ahora a este lugar.

 

Me tragué el orgullo y
acepté que sola nunca iba
a llegar a ningún lado.

Ahora empecé a trabajar menos horas y a estudiar en la facultad. Formamos una lindísima e imperfectamente perfecta familia que sigue y seguirá atravesando altibajos, necesitará de sacrificios y de esfuerzo por parte de todos, como también tendrá momentos de pura felicidad.

Por mi parte no cambiaría ni un punto ni una coma de todo lo que viví, para estar acá. No puedo dejar de sentirme bendecida por la vida que me tocó y la familia que tengo hoy.

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