¡A NO LAVARSE!

En la educación de los hijos, muchas veces menos es más. Por ejemplo, cuando evitamos las correcciones al paso, en la mesa, estamos sumando.

Consuelo Acuña | Psicopedagoga · Orientadora Familiar | connie.georgalos@gmail.com

 

El hijo mayor, es sabido, generalmente es el conejillo de Indias, porque sentimos que su educación nos confronta con el qué dirán. Los hijos que le siguen suelen ser más libres porque con ellos no es tan fuerte la presión de ser aprobados o no. Ahí baja la tensión, y ya no son tan exigidos. Contemplando, naturalmente, que hay excepciones a este modo de conducta habitual.

Algunos padres tenemos una cuestión -y me animo a afirmar que en mayor medida las mamás- si nuestra personalidad es exigente y perfeccionista. ¡Ni que decir si se trata de nuestro hijo mayor!

¿Cuál es el riesgo?
Puede pasar que terminemos sofocándolos sin dejarlos crecer en libertad. Resguardados tras la frase “por su bien”, nos pasamos de rosca. Atención que esa frasecita es un alerta dado que cabe suponer que, hagamos lo que hagamos por nuestros hijos, tratamos de hacerlo por su bien.

Causa-efecto
Las perfeccionistas, en toda situación familiar, estamos mirando lo que no está bien, lo que falta, lo que hay que corregir, mejorar o volver a hacer. Con esta actitud, estropeamos una comida familiar para enseñar modales repitiendo frases como “sentate bien” o cuando están el baño, la conocida “¿te lavaste bien las orejas?” ¡Ni siquiera en la intimidad del baño los dejamos tranquilos!

Hace bien que se ensucien,
que se salgan del molde, para
ayudarlos oportunamente.

Dependerá del carácter de cada chico cómo se tome este “acoso” materno. Esas intervenciones continuas mellan la autoestima del hijo y después nos preguntamos por qué los chicos son inseguros, no saben elegir, son tímidos o no descubrimos que a otros la insatisfacción los vuelve agresivos.

Hay consenso
Obviamente, no se trata de poner en duda que los chicos necesitan comer bien o tener las orejas limpias, por volver sobre los ejemplos. Pero, ¿qué duda cabe?, es más importante una buena comida familiar alrededor de la mesa, compartiendo y disfrutando del encuentro, que estar viendo si el tenedor está puesto en el lugar correcto o si están bien sentados.

Acción planificada
Muchas veces necesitamos enseñarles, corregirlos o llamarles la atención sobre algo que nos parece valioso; es parte importante en nuestra misión paternal

Entonces:
Elijamos el momento para no molestar y para no hacer sentir mal a nuestro hijo.
Tengamos en cuenta nuestro estado de ánimo. Si estamos enojados no es conveniente hablar. Dejemos pasar un rato y retomemos el tema.
Prestemos atención al lenguaje corporal que es más elocuente de lo que pensamos.
Pensemos de antemano: cómo vamos a hablarles y qué vamos a decirles.
Arranquemos por algo positivo, después hagamos la observación y finalmente cerremos con algún estímulo.
No tengamos miedo de elogiarlos.
Que se sientan queridos, reconocidos y que nuestra mirada sea de aprobación, que fluye del amor hacia ellos. Se logra más por este camino que por el de la crítica y la acotación.

¿Qué nos pasa?
Llega el momento de preguntarnos cuál es nuestra necesidad de estar marcando todo el tiempo lo que no está bien, de controlarlo todo. ¿Cuáles son nuestros miedos?, o ¿de dónde sale tanta exigencia? Vale la pena revisar también nuestras propias ideas acerca de cómo educar.

Si estamos abiertos, nuestros hijos nos enseñan más de lo que creemos y quizás descubramos que se trata de cambiar algunas cosas de nuestra propia historia familiar.

Seguramente nuestros hijos crezcan y tendremos tiempo para hacer de ellos chicos con orejas limpias y que sepan comportarse en una mesa.

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